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Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor! romance Capítulo 262

—Fue una picazón muy oportuna, ¿no crees?

Salomón simplemente no admitiría que estaba fingiendo. Su pierna había perdido toda sensibilidad y, aunque antes no le importaba, ahora deseaba poder volver a caminar.

Solo si podía volver a caminar, podría protegerla de todo.

Melibea tampoco quiso exponerlo. Si no hubiera sido por su llegada, habría tenido que seguir lidiando con Brando.

—¿Qué le pasó a la oreja de Brando? —preguntó ella.

—¿Te preocupa?

La mirada de Salomón se tornó un tanto fría. Melibea se preguntó si era su imaginación, pero ¿por qué sentía que estaba celoso?

—No es preocupación, solo simple curiosidad.

Melibea realmente sentía curiosidad por saber cómo Salomón había herido a Brando.

En ese momento, Salomón chasqueó los dedos y una aguja de plata salió disparada de su mano, clavándose directamente en la pared.

Se necesitaba una fuerza increíble para clavar una aguja de plata en una pared.

Era la legendaria técnica de lanzar agujas con los dedos.

Melibea se quedó atónita. No esperaba que Salomón fuera tan hábil.

—Impresionante.

—¿Quieres ver más?

Melibea asintió con entusiasmo. Salomón lanzó varias agujas más en rápida sucesión, formando un corazón en la pared.

Melibea no le prestó atención a la figura del corazón; solo pensaba en lo increíble que era Salomón. No tenía ningún dispositivo en la mano, solo con un movimiento de sus dedos podía lanzar esas agujas con tal rapidez y precisión.

Mientras tanto, Blanca los espiaba desde un rincón. Nunca pensó que su hijo sería tan dócil algún día, e incluso se pondría a hacer una demostración para alguien.

Salomón le mostró de cerca cómo hacerlo. Melibea incluso pudo sentir la fuerza y la corriente de aire que la aguja generó al ser lanzada.

—Tu mano está herida, así que todavía no puedes practicar, pero puedes sentarte en mi regazo y observar la técnica por ahora.

Salomón se acercó mucho, prácticamente la estaba abrazando con fuerza.

Su rostro rozaba el de ella, y el calor de su piel la ponía aún más nerviosa e inquieta.

—Olvídalo, no… no quiero aprender…

Melibea intentó levantarse de nuevo, pero Salomón la sujetó con firmeza.

Al notar la inquietud de Melibea, Salomón dijo:

—¿Qué pasa? ¿Te sientes cohibida porque estamos demasiado cerca? Ahora soy tu maestro. Para mí, ahora solo existe la enseñanza, no hay distinción de sexos. Es como tú dijiste, para un médico no hay diferencia de género.

Mientras hablaba, la mano de Salomón en su cintura se apretó aún más.

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