En ese momento, Melibea se arrepintió de haber dicho que para un médico no hay diferencia de género.
Podía sentir su aliento cálido en el cuello, provocándole una sensación como si un gatito juguetón le hiciera cosquillas en el corazón.
Los discretos movimientos nerviosos de Melibea no pasaron desapercibidos para Salomón, cuya nuez se movió visiblemente. El ligero aroma a gardenia que emanaba de Melibea inundaba sus fosas nasales, haciéndole desear fundirla con su propio cuerpo.
Al notar el movimiento de su nuez y su mirada depredadora, Melibea dijo con nerviosismo:
—La clase termina por hoy. Iré a ver a los niños.
Dicho esto, luchó por liberarse del agarre de Salomón.
—Voy a ver si los niños… están… ¿están bien tapados con las cobijas?
Tras decir eso, Melibea huyó despavorida. Al verla escapar, una leve sonrisa se dibujó en los labios de Salomón. ¿No había dicho que no había distinción de sexos? Entonces, ¿por qué sus lóbulos estaban de un rojo intenso y apetecible?
Salomón lanzó la última aguja, que se clavó justo en el centro del corazón que había formado en la pared.
No podría escapar. Sería suya.
Melibea abrió con suavidad la puerta de la habitación de Andrés y Selena. Los niños dormían y debía tener cuidado de no despertarlos.
Solo quería verlos para quedarse tranquila.
Pero lo que Melibea no sabía era que, sin su regreso, los dos niños no podían conciliar el sueño.
Andrés fue el primero en oír el sonido de la puerta al abrirse. *Debe ser papá otra vez. Ojalá fuera Meli*.
—Papá, nos portaremos bien y dormiremos. No hace falta que vengas a vigilarnos más —murmuró Andrés con un puchero.
Selena, con sus ojos de venado llenos de decepción, se sentía desolada.
Meli le había dicho que hoy continuaría contándole un cuento.
No quería dormir, no, no. Esperaría a que Meli volviera.
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