Esa sensación que tienen los niños de no poder dormir hasta que su mamá vuelve a casa; la sensación de ser necesitada.
Nunca había sentido algo así cuando criaba a Renán.
Para Renán, ella siempre había sido prescindible y él nunca dependió de ella. Ahora que Andrés y Selena dependían tanto de ella, de repente sentía como si estuviera siendo madre de nuevo, esa sensación de que alguien te necesita.
Andrés y Selena se acostaron obedientemente en la cama, luciendo adorables con sus ojos fuertemente cerrados.
Melibea les dio suaves palmaditas en la espalda mientras les contaba una historia.
Antes de que terminara el cuento, los dos ya se habían quedado dormidos.
Estaban agotados y era muy tarde, pero esos dos pequeños habían aguantado solo por esperarla.
Sin saber qué decir, Melibea los arropó bien y les dio un beso en la frente a cada uno.
En ese momento, Salomón entró de repente.
—Ya que te gustan tanto, ¿por qué no te conviertes en su madre? —dijo él.
Melibea se sintió incómoda de repente. Después de todo, estaba besando a los hijos de otra persona, ¡y para colmo la habían pillado en el acto!
—Ser su madre… me temo que no tengo esa suerte.
—No se trata de suerte. Es algo que se puede solucionar con un certificado de matrimonio.
Melibea se quedó sin palabras. Este hombre lo hacía sonar tan simple. ¡Un certificado de matrimonio! ¿Acaso pensaba que era un papel de un juego de niños?
—Señor Escalante, si tanto desea encontrar una madre para sus hijos, debería esforzarse y tener algunas citas. Estoy segura de que si usted lo pide, la señora Escalante se lo organizará todo a la perfección.
Melibea pensó que si Salomón empezaba a tener citas, no tendría tiempo para molestarla, lo cual sería bueno.
Salomón frunció el ceño. ¡Esta mujer le estaba sugiriendo que tuviera citas!
Realmente no lo soportaba.
—¿Citas? ¿Me estás diciendo que tenga citas? ¿Acaso no he sido lo suficientemente claro o es que no te intereso en lo más mínimo?


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