Renata no había terminado de hablar cuando, de repente, un balde de agua fría le cayó directamente en la cara.
Todo sucedió tan deprisa que Renata no tuvo tiempo de esquivarlo, ¡y el agua la empapó por completo, dejándola helada!
Mientras se limpiaba el agua del rostro, gritó histéricamente: —¿Quién fue? ¿Quién tuvo las agallas de echarme agua? ¿Acaso no saben quién soy?
Blanca, a un lado, disfrutaba del espectáculo de ver a Renata empapada.
—Señora, qué puntería tiene usted con el agua, de verdad que no se desperdició ni una gota.
Renata se secó el agua de la cara y, al abrir los ojos, vio a una mujer mayor, de aspecto imponente, pero cuya ropa reconoció como el uniforme de los sirvientes de la familia Escalante. Una simple empleada se había atrevido a mojarla.
—Tú… ¿cómo te atreves a mojarme, siendo una simple empleada? ¿No sabes quién soy?
—No necesito saber quién es usted. Simplemente, la señora Petrona dijo que algo sucio había entrado en el Refugio del Lago y me ordenó venir a limpiar. Me temo que sin un poco de agua, no quedaría del todo limpio.
Que la llamara “algo sucio” enfureció a Renata.
Sin embargo, al escuchar que la mujer había sido enviada por Petrona, se dio cuenta de que había llamado la atención de la matriarca de la familia Escalante.
—¿Así es como trata a sus invitados? Y tú, empleada, no creas que puedes engañarme con un par de palabras. ¡No voy a dejar pasar que me hayas mojado de esta manera!
—La señora Petrona está paseando en bote por el lago, disfrutando de un té. Sus gritos estaban arruinando su tranquilidad. ¿No cree que merecía que le echaran un poco de agua para que se calmara y recordara de quién es este lugar?
El rostro de Renata cambió. Había sido tan arrogante porque pensaba que, estando en el Refugio del Lago, era imposible que molestara a Petrona. No se imaginó que estaría en el lago.
Renata no tuvo más remedio que aguantarse y dijo: —Disculpen, lamento haber perturbado la paz de los dueños de casa. Me voy ahora mismo.


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