Llevaba poco tiempo sin revisar el celular, pero ya estaba lleno de mensajes, todos de Brando.
[¿Por qué no respondes? ¿Lo estás pensando o... me estás rechazando?]
[Espero que puedas darme otra oportunidad para disculparme contigo como es debido.]
[En el pasado... fui demasiado confiado, pensé que siempre estarías a mi lado y nunca me dejarías, pero ahora sé que me equivoqué.]
[Realmente no hay nada entre ella y yo. Ya se fue de la casa Ortega. ¿Por qué sigues sin creerme?]
Brando sostenía el teléfono, y cada palabra que escribía revelaba su ansiedad.
Había enviado muchísimos mensajes, pero Melibea no había respondido a ninguno.
No era una persona habladora por naturaleza, pero ahora que había resuelto su relación con Claudia, sentía que tenía derecho a seguir luchando por ella.
Para alguien que nunca tomaba la iniciativa, haber enviado tantos mensajes sin recibir una sola respuesta era desolador. La decepción en su corazón lo ahogaba como una marea alta.
¿De verdad Melibea estaba tan decepcionada de él? ¿Ya no lo quería?
Brando sufría. ¿Acaso no estaba dispuesta a volver a su lado, incluso después de que él hubiera suplicado con tanta humildad?
Justo cuando la desesperación y la desilusión lo embargaban, el teléfono sonó.
Levantó la vista y vio un nuevo mensaje. Era una respuesta de Melibea.
[Ok]
En ese instante, una luz volvió a brillar en los ojos de Brando.
Aunque era una sola palabra, sin siquiera un signo de puntuación, lo llenó de euforia.
Una venía a presumir con arrogancia, mientras que el otro, creyendo que ella no sabía nada, le enviaba todos esos mensajes. ¿Qué pretendía? ¿Acaso creía que era divertido jugar con ella?
Siendo así, estaba dispuesta a ver hasta cuándo podía mantener su actuación.
La mirada de Melibea se volvió cada vez más afilada.
…
En la residencia Ortega.
Renata regresó a casa quejándose en voz alta. ¡Qué indignante, le habían arrojado un balde de agua encima!
Esa señora había sido demasiado insolente, pero eso también demostraba que no era una persona fácil de tratar. Estaba segura de que no aceptaría a Melibea, una mujer divorciada y con un hijo.
Mientras Renata rumiaba su ira, vio a su hijo Brando con el celular en la mano, con los ojos fijos en la pantalla, como si contuviera un tesoro que pudiera escaparse.

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