Los ojos de Brando estaban llenos de culpa, pero Melibea permanecía distante, sin siquiera dignarse a mirarlo.
Llegados a este punto, ¿iba a seguir con la actuación? Su talento era impresionante.
De repente, la mirada de Melibea se volvió gélida y arrojó el anillo de diamantes de cinco quilates.
En el instante en que levantó la mano, Brando se quedó paralizado.
Melibea acababa de tirar el anillo con el que le había propuesto matrimonio.
—Melibea, ¿qué estás haciendo? ¡Es el anillo con el que te pedí que te casaras conmigo!
—Esa cosa, sea real o falsa, si viene de ti… ¡no la quiero! —respondió Melibea con la misma frialdad.
Brando estaba atónito. No esperaba que Melibea lo tratara así, que tirara el anillo de compromiso delante de él.
Se dirigió hacia donde Melibea lo había arrojado y se agachó en el césped para buscarlo.
¿Dónde estaba? ¿Dónde diablos estaba?
No era por el dinero, sino porque era el anillo con el que le había pedido matrimonio, el que llevaba sus nombres grabados.
Que Melibea lo tirara significaba que todo había terminado entre ellos, que no estaba dispuesta a volver.
Eso lo llenó de pánico. En ese momento, su mente era un caos, y solo podía pensar en encontrar el anillo, como si al recuperarlo, todavía hubiera esperanza para ellos.
Brando, siempre tan obsesionado con la limpieza y con un aire de superioridad, ahora estaba agachado en el césped, buscando desesperadamente el anillo que ella había desechado.
¿Tanto la amaba? Si se iba a casar con Claudia, ¡para qué seguir con esa farsa de amor eterno!
—Brando, ¿acaso la familia Ortega está en la quiebra? ¿Un simple anillo de cinco quilates es suficiente para que tú, con tu fobia a la suciedad, te pongas a buscarlo en el pasto?
—Sé que estás enojada y necesitas desahogarte —dijo Brando sin dejar de buscar—, pero no deberías haber tirado el anillo con el que te pedí matrimonio. El anillo representa nuestros sentimientos. Si lo tiras, sentiré que… ya no me quieres.
—El anillo… ¡lo tengo aquí!
Melibea abrió la mano, y en su palma apareció el brillante anillo de diamantes.
Al ver el anillo brillando en la mano de Melibea, Brando sintió un profundo alivio.
No lo había perdido. Ella no lo había tirado, lo que demostraba que todavía sentía algo por él.
—Melibea, sabía que aún no podías olvidarte de mí y de nuestro hijo. Sabía que no podías dejarnos, que no serías capaz de tirar el anillo.
—No lo tiré de verdad porque temía que, si no lo encontrabas, me acusaras de habértelo robado. Después de todo, un anillo de cinco quilates vale bastante dinero.
Dicho esto, Melibea le puso el anillo en la mano a Brando.
—¿Para qué le grabaste nuestros nombres? Ahora no podrás dárselo a nadie más. Deberías llevarlo a fundir y hacer uno nuevo. Aunque, con todo tu dinero, seguro que este anillo no te importa. Tíralo tú mismo, de todos modos, ya no te sirve.

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