El rostro de Salomón se crispó.
—Ya basta, entendí. La llevarás tú, ¡pero más te vale que conduzcas despacio!
—¿Por qué desconfías tanto de tu madre? —protestó Blanca—. ¡En mis tiempos, yo era la reina de la carretera de montaña, surcando las curvas a toda velocidad!
—¿La reina de la carretera de montaña? ¿O un mono?
Blanca se quedó sin palabras. Casi se ahogaba de la rabia. «Es mi hijo, es mi hijo, no puedo matarlo».
—Señora, se ve realmente genial en una motocicleta de alto cilindraje —intervino Melibea.
Blanca se alegró al instante.
—¿Oíste eso, Salomón? Mira qué dulce es Meli. En cambio, tu boca parece llena de veneno.
Salomón se quedó callado.
—De ahora en adelante, no me llames señora —dijo Blanca, abrazando a Melibea—. Llámame Blanqui.
—Si te llama por tu nombre, ¿no se pierde el respeto? ¿Toda la gente que se niega a envejecer es tan terca como tú?
—¿Qué envejecer? Si soy joven. Renata y esa señorita Calderón pensaron que era la mejor amiga de Meli.
Blanca estaba exultante. Se moría de ganas de ver sus caras de asombro cuando descubrieran que era la madre de Salomón, la futura suegra de Meli.
«Personas tan malintencionadas como ellas seguramente pensarían que en la familia Escalante también despreciaríamos a Meli. ¡Pues les voy a demostrar lo bien que nos llevamos Meli y yo, para que se mueran de envidia!»
En la mansión Ortega.



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