A Lucía no le importó el rostro sombrío de Claudia y se dirigió a Brando con naturalidad.
—Brando, te vas a volver a casar. ¿Con quién?
Casiana suspiró con pesar.
—Si me preguntas a mí, Melibea era una maravilla. Trabajadora, educada… ¿Por qué te divorciaste de ella? Qué lástima, de verdad.
Claudia sentía como si se hubiera tragado un enjambre de moscas. Estaba a punto de explotar de rabia.
El rostro de Renata era un poema. La sola presencia de estos parientes pobres la irritaba, pero no podía ofenderlos. En la región de Encantia, los lazos familiares eran muy fuertes y, aunque fueran pobres, estos parientes tenían cierta antigüedad en la familia y no se les podía faltar al respeto a la ligera.
Durante los cinco años que Melibea estuvo casada con Brando, si venía algún pariente del pueblo, era ella quien los atendía. Renata ni se molestaba en tratarlos.
Ahora que Melibea no estaba, tener que lidiar con ellos era un fastidio.
Y para colmo, no paraban de alabar a Melibea delante de Claudia. Era como si buscaran problemas a propósito.
—Lucía, si se divorciaron, ¡es porque no era tan buena! Melibea no es más que una chica de pueblo con un padre ludópata. Haberle permitido vivir a cuerpo de rey en la casa Ortega durante cinco años ya fue un gran favor.
—¿A cuerpo de rey? Pero cuando yo venía, siempre la veía muy ocupada. Cuidar de toda una familia no es tarea fácil, ¿eh?
El rostro de Renata se ensombreció. Lucía la rodeó un par de veces y luego dijo:
—Tú sí que te salvaste por los pelos. Recuerdo que hace cinco años estabas paralítica en la cama. Los parientes del pueblo ya pensábamos que tendríamos que prepararnos para tu funeral. Tan joven, qué pena.

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