«¿Por qué se puso así de repente?», pensó Selena. «Quizás comió los pastelillos de Meli y ahora la extraña».
Tal vez no era tan malo como parecía.
***
Residencia Escalante.
Blanca se acercó a Melibea con aire misterioso y le dijo con entusiasmo:
—Meli, ¡apúrate y ponte este conjunto sexy que te compré! ¿Y te gusta este casco? Con estos atuendos y los cascos, montando nuestras motocicletas de alto cilindraje, nos veremos espectaculares y rudas.
Melibea miró el conjunto que Blanca le había comprado. Era, sin duda, muy sexy y con muy poca tela.
—¿Estás segura de que esto es ropa y no te equivocaste?
Aquel trozo de tela era tan pequeño que ni para trapo de cocina serviría.
—Tienes un cuerpo espectacular, una cintura de avispa preciosa. ¡Claro que tienes que lucirla! Mira, te compré un conjunto a juego con el mío.
—¿De verdad tengo que ponerme esto? Voy a presentarme en el instituto de investigación. No creo que sea apropiado vestir así.
Hoy era el primer día de Melibea en el instituto de Jenaro. Había pensado en tomar un taxi, pero Blanca insistió en llevarla.
—Te preparé un traje sastre para que te cambies al llegar. No podemos ir con ropa de oficina en una moto de alto cilindraje, se vería ridículo. ¡Para montar una de estas, hay que usar un atuendo sexy!
Blanca se emocionaba cada vez más, como si estuvieran a punto de conquistar el mundo. Melibea se sintió un poco incómoda.
—¿De verdad es necesario?
—¡Absolutamente! Yo voy a cambiarme primero.
Blanca se fue dando saltitos de alegría a cambiarse. Con el pelo recién recogido y el atuendo revelador, nadie podría adivinar que tenía edad para ser suegra.
Melibea observó a Blanca después de que se cambiara. Con esa belleza y esa figura, hasta a ella, que era mujer, le parecía irresistible. Era una obra maestra de la creación.
—Por tu mirada, veo que te gusta, ¿verdad? Anda, ve a cambiarte tú también.
Al salir, se cruzaron brevemente con la mirada de Salomón a lo lejos. Su asistente, Eduardo, no pudo evitar comentar:
—Esas dos chicas de las motos tienen unos cuerpos increíbles. Se ven geniales.
—Si tanto te gustan, ve tras ellas —dijo Salomón.
—Señor Escalante, ¿de verdad puedo?
La verdad era que se había quedado con ganas de ver más y le gustaría conocerlas.
—Ve tras ellas y te encerraré hasta que aprendas la lección.
Eduardo se quedó mudo. ¿Por qué si él iba no podía ser un encuentro afortunado y tenía que ser acoso? No tenía pinta de delincuente. En fin, debería saber que a su jefe no le gustaban las chicas con atuendos atrevidos.
Salomón tenía prisa por ver a Melibea. La hora de su presentación se acercaba y no sabía si su madre sería de fiar. Si no, tendría que enviar a un chófer para que no llegara tarde.
De repente… Salomón tuvo un mal presentimiento.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor!