El mal presentimiento de Salomón resultó ser acertado. Las dos personas por cuya tardanza se preocupaba estaban en ese momento surcando la autopista a toda velocidad, vestidas con atuendos reveladores, mientras el viento rugía en sus oídos.
Melibea rodeaba la cintura de Blanca con sus brazos. Solo al abrazarla comprendió lo que era una cintura de avispa.
Blanca no era simplemente atractiva; irradiaba un aura de mujer fatal.
—Meli, ¿qué tal? ¿Sientes la libertad?
Melibea asintió, y Blanca comenzó a cantar a pleno pulmón.
—¡Quiero bailar toda la noche, mueve la colita, mamita rica, mueve la colita! ¡Sube la mano y mueve la cadera, que el ritmo te lleva!
Era una mujer bellísima, pero en cuanto abrió la boca, su elección musical delató un poco su edad.
—Meli, ¿te gusta esta sensación de libertad?
Excepto por la escasez de ropa, Melibea se sentía bastante bien en el asiento trasero. La velocidad, la sensación de libertad… era, sin duda, emocionante y liberador.
—Es muy agradable.
—¿Te gustaría que te enseñara a manejar una de estas algún día?
—¿Podría?
—¡Claro que sí! Cásate con mi hijo y te enseñaré todos mis trucos.
Melibea se quedó sin palabras. Normalmente, los secretos se transmitían de padres a hijos, no a nueras. «Pero… ¿en qué estoy pensando? No soy su nuera», pensó, sintiéndose muy incómoda.
En ese momento, un coche deportivo las alcanzó. La ventanilla bajó, revelando a un güerito presumido.
—¡Hola, preciosas! ¡Qué guapas son! ¿Nos hacemos amigos?
—Vamos tan lento que hasta las moscas nos alcanzan —dijo Blanca con desdén.
Apretó el acelerador y la moto se lanzó hacia adelante, pero esto solo despertó el interés de los hombres del coche.
Blanca casi se muere de la risa. Su motocicleta valía cinco millones, ¿y acaso ella lo andaba presumiendo?
—Vaya, qué arrogancia. Pero me gusta. Señoritas, ya que las alcanzamos, no pueden dejarnos ir con las manos vacías.
—¿Qué es lo que quieren? —preguntó Blanca, hastiada.
—Nada del otro mundo. Solo queremos que se quiten los cascos para verlas. Con esos cuerpos tan espectaculares, ¿qué clase de rostro se esconderá debajo? ¿Será una belleza deslumbrante o un espanto?
Los hombres vulgares soltaron una carcajada estrepitosa.
—¿Qué tienen en la boca, una alcantarilla? Qué asco —replicó Melibea, incapaz de contenerse.
El comentario enfureció al instante a los hombres.
—¿Saben quiénes somos para hablarnos así? ¿Se van a quitar los cascos por las buenas o se los quitamos nosotros?
—Jefe, ¿qué tiene de divertido quitarles los cascos? Mejor ayudémoslas a quitarse la ropa. Je, je, je.

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