—Quiero anunciarles una excelente noticia —decía Renata, radiante de alegría—. Mi hijo Brando se casará con la señorita Calderón, Claudia. Su boda se celebrará en dos semanas y le prepararemos una boda del siglo. Esperamos contar con las bendiciones de todos.
El anuncio de Renata causó un gran revuelo en toda Encantia.
¿Brando y Claudia iban a casarse? ¡Era una noticia explosiva!
—¿Sabías de esto? —preguntó Jenaro a Melibea.
—Sí, lo sabía —asintió ella—. Pero no tiene nada que ver conmigo.
Jenaro la observó. Aunque su rostro no mostraba ninguna emoción, él sabía que estaba triste. Así era ella cuando sufría: su rostro se convertía en una máscara inexpresiva.
—Se arrepentirá de haberte perdido.
—Antes pensaba lo mismo —dijo Melibea con indiferencia—, pero ahora ya no me importa. Quiero vivir mi propia vida. Ya he perdido demasiado tiempo.
Durante los cinco años de su matrimonio con los Ortega, nunca había recibido el más mínimo respeto y había desperdiciado cinco años de su vida.
Ahora, no quería malgastar más tiempo en personas que no lo merecían.
Jenaro se alegró al escucharla.
—Esa es la actitud correcta. No deberías dejar que esos asuntos te detengan más. ¡Bienvenida de nuevo, Melibea!
Jenaro le tendió la mano, y Melibea la estrechó. Sabía que su vida podía volver a dedicarse a sus sueños.
***
Cuando Melibea se disponía a regresar, se dio cuenta de que Blanca no estaba.
Había prometido recogerla al salir del trabajo, pero no la veía por ninguna parte.
En ese momento, el Maybach de Salomón se detuvo junto a ella. La ventanilla bajó, revelando el rostro de Salomón, tan sombrío que daba miedo.
«¿Qué le pasa? ¿Quién lo hizo enojar?», pensó ella.
Al ver que Melibea dudaba si subir o no, Salomón se enfadó aún más.
—¿No vas a subir? ¿Qué estás esperando?
No había duda, ese hombre estaba de muy mal humor hoy. ¡Mejor no acercarse demasiado!
Melibea se acercó a mirar. ¡Se había olvidado por completo de ese asunto!
Marcos era todo un artista, sabía cómo jugar con los ángulos para que parecieran muy cercanos.
Pero, ¿Salomón le había pedido el celular solo para borrar eso?
¿Y su cara de pocos amigos era también por eso?
—Esa publicación… no la hice yo.
Aunque no sabía por qué sentía la necesidad de explicarse, Melibea sintió que debía hacerlo.
Pero antes de que pudiera terminar, Salomón se inclinó y la besó, silenciando sus palabras.
Melibea se quedó atónita. Mientras la besaba con intensidad, Salomón levantó el celular discretamente y tomó una foto, capturando en silencio el instante de su beso.
[Algunos comienzos son solo el final, pero para otros, un comienzo es para toda la vida.]
Salomón publicó el mensaje, adjuntando la foto de su beso con Melibea.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor!