No se atrevía a abrir los ojos. ¡Esperaba que fuera una alucinación!
Melibea no lo podía creer. Que Salomón la besara ya había sido un shock tremendo, ¡pero ahora lo veía usando su teléfono para tomarles una foto besándose y publicarla en su propia cuenta!
—Salomón, ¿qué estás haciendo? ¿Te volviste loco? ¿Cómo pudiste publicarla? ¡Es mi cuenta!
Melibea sintió que el mundo se le venía encima. Todos sus familiares y amigos la verían.
Sintió que ya no había salvación para ella.
—Si no la publicaba en la tuya, ¿querías que la publicara en la mía?
Salomón lo dijo con una calma que desentonaba con la gravedad de sus palabras.
¿Publicarla en su cuenta? Él… ¿en qué demonios estaba pensando?
Al ver que Salomón sacaba su propio teléfono y lo desbloqueaba, se dio cuenta de que no estaba bromeando.
—Salomón, ya deja de bromear. No tiene nada de gracioso.
Melibea estaba tan preocupada por impedir que Salomón publicara algo que se olvidó por completo de que aún no le había reclamado por haberla besado a la fuerza.
Ahora, su único pensamiento era: «¿Y si la gente lo ve?».
Al ver la expresión de pánico en el rostro de Melibea, una leve sonrisa se dibujó en los labios de Salomón.
—¡Salomón, devuélveme mi teléfono ahora mismo!
Melibea intentó arrebatárselo para borrar la publicación, pero ¿cómo iba a permitirlo Salomón?
—Esta publicación debe permanecer tres días antes de que puedas borrarla. ¡Es tu castigo!
¿Qué? ¡Tener que dejarla publicada por tres días!
Era una broma de mal gusto. En tres días, todo el mundo la habría visto. ¿Qué sentido tendría borrarla entonces?
—Salomón, dame el teléfono.
Melibea se abalanzó para quitárselo. Él se resistió y sus cuerpos quedaron muy juntos, creando una atmósfera íntima dentro del coche.
La mirada profunda y seductora de Salomón la hizo retroceder, nerviosa.

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