—Claudia, ¿lo que dices es verdad? —preguntó Renán, emocionado.
Su abuela estaba paralizada en la cama, con el cuerpo contraído, babeando sin parar y emitiendo unos gemidos lastimeros que daban escalofríos.
Esa era la abuela que tanto lo había querido. Verla en ese estado le partía el corazón a Renán, así que al escuchar que Claudia había contratado al mejor médico y que confiaba en poder curarla, no pudo evitar sentir una inmensa emoción.
—Por supuesto que sí. No te preocupes, no escatimaré en gastos para curar a tu abuela. Sé que no has dormido bien últimamente por su enfermedad. Anda, ve a cambiarte, date un buen baño y descansa. Yo me encargo de estas medicinas.
Renán asintió. Después de todo, su madre también había dicho que esas pastillas solo aliviaban los síntomas de su abuela, no la curaban. Si Claudia podía sanarla por completo, era mucho mejor.
Cuando Renán se fue, el rostro de Claudia se ensombreció con una expresión gélida. No podía creer que ese mocoso hubiera ido a buscar a Melibea para pedirle esas pastillas.
Jamás permitiría que Melibea curara a esa maldita vieja. Justo cuando iba a tirar las pastillas a la basura, se le ocurrió una idea mucho mejor.
La boda con Brando debía celebrarse cuanto antes. El estado actual de la vieja no hacía más que retrasar todo.
«Si estas pastillas pueden curarla lo suficiente como para que celebremos la boda, ¡entonces no habrán sido un desperdicio!», pensó.
***
En la residencia Ortega.
—F-fue… fue Melibea, esa p-perra. F-fue ella la que me h-hizo esto.
Renata no dejaba de maldecir a Melibea mientras Brando la cuidaba a su lado.
—Mamá, no te alteres. Come un poco, por favor. Llevas dos días sin probar bocado.
—¿C-cómo quieres que coma? E-estar así… es p-peor que la m-muerte.

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