Renata no pudo evitar poner mala cara ante los reproches de Claudia. ¡La familia Ortega había gastado una fortuna en esa boda y Claudia todavía se quejaba!
Claudia fulminó con la mirada la camioneta pickup, pero, para su sorpresa, el personal de seguridad no la disuadió, sino que corrió hacia ellas.
«¿Qué está pasando? ¿Por qué no hicieron que esa camioneta se diera la vuelta?», pensó.
En cuanto el empleado se acercó, Claudia le espetó, furiosa:
—¿Así es como haces tu trabajo? ¿Ni siquiera puedes deshacerte de una camioneta?
—La persona que la conduce dice que es un regalo de bodas de un invitado de honor y que no puede irse hasta que lo entregue —explicó el hombre, mortificado.
—¿Qué?
La voz de Claudia se quebró de la rabia. En ese momento, la camioneta se acercó, seguida por un coche pequeño.
Cuando se detuvieron, varias personas bajaron y comenzaron a descargar coronas fúnebres de la parte trasera de la pickup.
—¡¿Qué creen que están haciendo?! —rugió Claudia.
Justo entonces, acompañado por el estruendo de un motor de motocicleta de alta cilindrada, Marcos Castillo apareció ante la multitud.
—Un regalo de bodas de parte de la familia Castillo. —Señaló las coronas—. Estas flores de papel simbolizan la fragilidad de su amor. Les deseamos a ustedes, pareja de segundas nupcias, que su unión dure para siempre. Que queden bien amarrados el uno al otro.
Claudia estaba a punto de explotar. ¡¿Fragilidad de su amor?!
¡Enviar coronas fúnebres a su boda! ¡La familia Castillo lo había hecho a propósito!
Estaba segura de que Melibea les había pedido que lo hicieran para arruinar su día especial.
¡Claudia sentía que se ahogaba de la rabia!
***
Al otro lado de la calle, en una cafetería, Salomón sonrió y le dijo a Melibea:
—Parece que la fiesta ya empezó, ¿no?
Habían llegado antes y se habían sentado en el mejor lugar para observar el espectáculo: la entrega de los «grandes regalos» y las caras de Claudia y Renata, cada vez más desencajadas.
Melibea no se esperaba tanto alboroto. Realmente se lo habría perdido.
—Tú ya lo sabías, ¿verdad?
Acto seguido, tomó a Brando del brazo y entró rápidamente al salón de banquetes. No quería quedarse allí ni un minuto más. ¿Quién sabía qué otros regalos extraños podrían llegar?
No, no se les podía llamar regalos.
Eran bofetadas. Bofetadas en la cara que no podía devolver.
Cuando entraron al salón, vieron cien mesas dispuestas, pero de los peces gordos que habían prometido asistir, no había ni uno solo.
Renata estaba que echaba humo. No solo no había venido nadie importante, sino que ni siquiera los parientes del pueblo habían llegado.
Habían enviado autobuses para recogerlos, pero ninguno se había presentado.
Aquellos viejos testarudos… ¿Acaso no se habían enterado de la donación que hicieron? ¿Por qué no estaban allí?
Un salón de banquetes tan grande, con cien mesas preparadas, y apenas un puñado de personas. La imagen era patética, por decir lo menos.
Y lo peor era que ella contaba con recibir una buena suma de dinero en regalos.
Temiendo una multitud, incluso habían dispuesto cinco mesas para recibirlos.
Pero ahora, sin invitados, ¿qué regalos iba a recibir?

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