Iba a morirse de la rabia.
¡Qué pérdida! ¡Era una pérdida total!
En la mente de Renata solo resonaban esas dos palabras.
—Se supone que tus padres tienen contactos con todas esas familias influyentes —le espetó a Claudia—. Nos dijeron que enviáramos invitaciones sin miedo, que todos vendrían. ¡Mira esto! ¿Cuántas mesas hemos preparado y quién ha venido?
Claudia había imaginado su boda como un evento espectacular y concurrido. Ahora, en el enorme salón casi vacío, se sentía completamente humillada.
Las palabras de su suegra fueron la gota que colmó el vaso.
—El banquete es responsabilidad de la familia del novio, ¿no? Mis padres solo añadieron unos cuantos invitados. Si nadie ha venido, es problema de ustedes. ¿Cómo te atreves a culparlos?
La respuesta de Claudia enfureció a Renata, pero la joven no mostró ninguna intención de detenerse.
—¿Y qué me dices de tus parientes pobres del pueblo? —Señaló un rincón con varias mesas vacías—. ¿No decían que ya los habían borrado del árbol genealógico? ¿Y aun así les reservaste diez mesas? ¡Ni una sola persona ha venido! ¿Crees que se ve bien tenerlas así, vacías?
El sarcasmo de Claudia casi le provoca un infarto a Renata. Esa muchacha había causado que el patriarca repudiara a su rama de la familia y ni siquiera mostraba una pizca de arrepentimiento.
«¿Acaso es un honor ser expulsado de la familia?», pensó Renata. Ella solo intentaba enmendar las cosas.
Que Claudia se atreviera a burlarse de ella era el colmo.
Sin embargo, al pensar en el patrimonio de la familia Calderón, Renata se tragó su ira a la fuerza.
—Los demás no importan. Que algunas mesas se queden vacías, da igual. Pero, ¿por qué no han llegado tus padres? ¿Deberías llamarles para preguntar?
El humor de Claudia estaba por los suelos. Los extraños «regalos», el salón de bodas desierto… todo era un ataque a su orgullo. Y, para colmo, sus padres tampoco aparecían.
—Mamá, ¿por qué no han llegado todavía? La ceremonia está a punto de empezar.
—La condición de mi hermano Ismael ha empeorado. Se han ido al hospital.
—¡Si ni siquiera vienen los padres de la novia, ¿qué clase de boda es esta?! —exclamó Renata en voz alta.
Sus palabras hicieron que Claudia se sintiera aún más humillada.
—¡Pues cancélala y ya!
La frase, pronunciada con frialdad por un Brando que había permanecido en silencio hasta entonces, dejó heladas tanto a Claudia como a Renata.
Tras sopesar los pros y los contras, ninguna de las dos quería renunciar a la boda.
—Hemos llegado hasta aquí con mucho esfuerzo —se apresuró a decir Claudia para calmarlo—. No podemos cancelarla tan fácilmente.
—Lo bueno se hace esperar —añadió Renata, forzando una sonrisa—. Ustedes son una pareja predestinada. Esta boda no puede cancelarse.

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