Claudia no esperaba que Brando, al tomar el anillo de bodas, mirara primero a Melibea.
Sintió como si alguien le estrujara el corazón.
Tenía pánico de que Brando tomara el anillo y, de repente, se arrodillara ante Melibea.
Si eso sucedía, lo habría perdido todo.
Rápidamente, le sujetó la mano con fuerza, obligándolo a centrar su atención en ella.
—Brando —dijo con voz temblorosa y una mirada de pánico—, gracias por estar dispuesto a casarte conmigo en un momento como este. Sé que lo haces para demostrarle a todos que crees en mí, que no asesiné a mi hermano. Me estás apoyando con tus acciones. Sé que no te casas conmigo por amor, pero si logro salir bien librada de esta trampa de la familia Escalante, te juro que seré la mejor esposa para ti.
Su mirada era suplicante, como si en cualquier momento fuera a ser condenada a muerte por una falsa acusación.
—Tranquila —le dijo Brando—. No dejaré que te pase nada.
Los ojos de Claudia se enrojecieron.
—Suelta mi mano —añadió Brando con dulzura—. Voy a ponerte el anillo.
Al oír sus palabras, Claudia finalmente aflojó el agarre.
Brando iba a ponerle el anillo. Una vez que lo hiciera, ella sería su esposa.
Claudia extendió la mano, y Brando deslizó el anillo hacia la punta de su dedo.
En ese momento, el maestro de ceremonias exclamó con emoción:
—¡Los novios intercambian anillos! ¡Que sean felices para siempre, un amor predestinado!
El anillo apenas había rozado su dedo cuando Brando, al escuchar las palabras «amor predestinado», sintió un temblor incontrolable en la mano.
La alianza cayó al suelo y rodó lejos.
Nadie esperaba que el anillo se cayera.
Los ojos de Claudia se abrieron como platos. Vio cómo el anillo estaba a punto de entrar en su dedo, y de repente, se había caído.
Mientras Claudia y Brando buscaban el anillo en el estrado, las risas comenzaron a oírse entre los invitados.
—¿No será que ni el destino quiere que se pongan esos anillos?
—Claro, después de todo, ella era la cuñada y él, el cuñado. ¡Seguro que los antepasados no lo aprueban! Ja, ja.
—Si los antepasados no lo aprueban, no desafíen a los cielos. Cuidado, no sea que vengan a tirarles de las orejas. Ja, ja.
Las burlas de unas ancianas del pueblo hicieron que Claudia se sintiera aún más furiosa y humillada.
Era la señorita Calderón, ¡¿qué derecho tenían esas viejas de burlarse de ella?! ¡Todo era culpa de Melibea!
De repente, Claudia se abalanzó sobre Melibea.
—¡Tú escondiste el anillo, verdad! ¡No quieres que Brando y yo terminemos la boda, ¿cierto?!
—¿No te cansas de humillarte sola? —respondió Melibea con una sonrisa gélida.

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