Ximena se quedó de piedra. No esperaba que Salomón se atreviera a amenazarlos de esa manera, y menos dentro de una comisaría.
—Señor Escalante, sabemos que está protegiendo a la señorita Cepeda. Podemos disculparnos con ella. ¿Podría ser indulgente con mi hija? —dijo Lando.
Después de todo, como cabeza de la familia Calderón, sabía cuándo ceder y, sobre todo, entendía perfectamente la situación.
¡Enfrentarse directamente a la familia Escalante estaba fuera de su alcance!
—Es demasiado tarde. Ya tiene su celda asegurada y, con un poco de mala suerte, hasta podría recibir un tiro de gracia.
«¡Un tiro de gracia!». A Claudia le dio un vuelco el corazón. ¡No quería morir!
—¡Papá, mamá, sálvenme!
—Señor Escalante, sé que desprecia a mi familia, ¡pero no nos quedaremos de brazos cruzados esperando nuestro fin! —exclamó Lando.
—¿Lando, patriarca de los Calderón, es que acaso la vejez le ha nublado la vista y le ha afectado el oído? —replicó Salomón.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Dije que tengo pruebas. ¿Acaso está sordo? ¿Quiere que le consiga un audífono?
«¿Pruebas?».
—Creo que su vista ya no es lo que era. Aunque le mostrara las pruebas, no las entendería. Parece que no tengo más opción que entregárselas directamente a la policía.
«¿Pruebas? ¿Entregárselas a la policía?».
Al oír eso, Claudia perdió el control por completo y gritó histéricamente:
—¡Papá, mamá, sálvenme! ¡No quiero ir a la cárcel! ¿Qué pruebas? ¡Son solo artimañas para incriminarme! ¡Sálvenme! Melibea, Salomón, ¡ya arruinaron mi boda y me trajeron aquí! ¿Todavía no es suficiente? ¿De verdad tienen que meterme en la cárcel? ¡Son demasiado crueles!
Ximena intervino:
—Señor Escalante, entendemos que quiere desquitarse por la señorita Cepeda. La boda de mi hija se arruinó, así que la señorita Cepeda ya debería sentirse satisfecha. ¡No debería seguir acorralando a mi hija hasta destruirla!
—Señor Escalante, aunque yo, Lando, sea un viejo inútil, ¡no me quedaré mirando mientras incriminan a mi hija para meterla en la cárcel! —añadió Lando.

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