Al entrar, el mecánico recorrió con la mirada a los presentes hasta que sus ojos se posaron en Claudia, a quien observó con atención.
Claudia desvió la vista, con el corazón a punto de detenerse.
«Solo fui una vez, no puede recordarme», se repetía en una plegaria silenciosa.
—Esta mujer —preguntó Salomón—, ¿llevó un Ferrari rojo a su taller para una revisión hace un año? Y durante el servicio, ¿le pidió que le explicara la estructura del sistema de frenos?
—Sí. Aunque solo la vi una vez, la recuerdo perfectamente. No se ofendan si lo digo, pero mi taller está en una zona apartada y normalmente no recibo coches de lujo para mantenimiento; casi todos son modelos económicos. Además, es raro encontrar a una clienta tan interesada en la mecánica, que me pidió que le explicara una y otra vez cómo funcionaba el sistema de frenos. Por eso me acuerdo tan bien de ella.
Claudia se quedó sin palabras. No podía creer que, por haber elegido un taller apartado a propósito, había terminado siendo más memorable.
Los ojos de Salomón se volvieron gélidos.
—Claudia, si la familia Calderón tiene sus talleres de confianza, ¿por qué llevaste el coche tú misma a uno tan apartado y le insististe a un extraño para que te explicara el sistema de frenos? ¿Te entró un repentino afán de conocimiento?
Los padres de Claudia la miraban fijamente, todavía reacios a creerlo.
Con un temblor evidente, Claudia improvisó una respuesta:
—Ya me acordé. Hace un año, iba conduciendo y de repente el motor empezó a hacer un ruido extraño. Justo vi un taller al lado de la carretera y entré a que lo revisaran. Fue solo una coincidencia. Y si me interesé por el sistema de frenos es porque yo misma conduzco y me preocupan los accidentes. Es mi responsabilidad preocuparme por mi propia seguridad. ¿Qué tiene de malo preguntar un poco más sobre los frenos?
Claudia estaba decidida a negarlo todo.
Un oficial de policía intervino con seriedad:



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