—Mamá, ¿qué estás haciendo? —se levantó Blanca de un salto—. Gritaste tan fuerte que asustaste a Meli. Solo va a ver a su hijo, que es muy pequeño y está esperando en la puerta.
Tras decir esto, le hizo un gesto a Melibea para que se fuera deprisa. Temía que la matriarca de repente le diera a elegir a Melibea: o la familia Escalante, o su hijo. ¡Sería una situación terriblemente incómoda!
Blanca le insistió a Melibea con la mirada que se marchara.
—Señora, mi hijo debe haber venido porque algo pasó, tengo que ir a ver —dijo Melibea—. Disculpen, debo retirarme.
Cuando estaba a punto de irse, la matriarca repitió:
—¡Dije que te detengas!
Su voz sonó aún más fuerte, y a todos se les encogió el corazón.
—Mamá, ¿qué te pasa? —dijo Blanca, enfadada—. No puedes pedirle que abandone a su propio hijo. Es sangre de su sangre. Sé lo que estás pensando, crees que como Meli es divorciada y tiene un hijo, sería mejor para nosotros si cortara lazos con él, pero ¿cómo va a ser eso posible? Es su hijo, un pedazo de ella, ¿con qué derecho le pides que lo abandone? Mamá, si actúas así, estás siendo muy injusta.
—¡Bisabuela! —intervino Andrés, poniéndose de pie—. El hijo de Meli es mi compañero de clase. Es un buen niño, muy inteligente. Estoy seguro de que te caerá muy bien.
—Melibea, ve a buscar a Renán. Te está esperando, no hagas que un niño espere tanto tiempo —dijo Salomón, sin siquiera intentar calmar a su abuela, apoyando directamente a Melibea.
—Señora, lamento haber interrumpido su cena, de verdad, discúlpeme —dijo Melibea—. ¿Qué le parece si otro día cocino para usted y así me disculpo? Ahora mismo tengo que ir a buscar a mi hijo. Con su permiso.
—Tú no digas nada. Ya sé lo que vas a decir. Tú también crees que soy una bruja que no deja a Melibea ver a su hijo, ¿verdad?
Sus palabras dejaron a todos perplejos. ¿A qué se refería?
—¡Estoy tan frustrada! —se quejó la matriarca—. La detuve porque quería decirle que trajera al niño a comer con nosotros. Preparamos tanta comida que de todas formas va a sobrar. Si el niño vino a estas horas, es probable que no haya cenado. Solo quería que comiéramos todos juntos. ¿Y qué recibo a cambio? ¡Que todos me traten como a la villana del cuento, como si fuera el blanco de sus críticas! ¿Acaso me volví mala con la edad?
Al escuchar sus palabras, todos se sintieron avergonzados al instante.
—Ay, mamá, de verdad lo siento —dijo Blanca, abrazándola—. Perdónanos por haber pensado tan mal. Juzgamos por nuestra propia condición.

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