Los reporteros asintieron al unísono.
—Así es. Aunque el Grupo Escalante sea inmensamente rico y poderoso, tratar así a un niño es imperdonable.
—Señor Ortega, nuestro deber como periodistas es informar de los hechos. Aun si nos enfrentamos a amenazas de la familia Escalante, alzaremos la voz por ese niño.
La aparición del video había tomado a Melibea completamente por sorpresa.
Pero también le hizo ver lo retorcida que era la familia Ortega.
—Este video fue orquestado por la familia Ortega —declaró Melibea—. La razón por la que quieren incriminar a Salomón y poner en aprietos al Grupo Escalante es para presionarlo y obligarlo a liberar a Claudia. Creen que Salomón le tendió una trampa a Claudia y ahora están haciendo lo mismo con él para salvarla. No pueden permitir que los utilicen como un arma en sus manos.
—Una cosa es que no le creas a tu propio hijo —intervino Renata—, pero ahora que hay un video, ¿tampoco vas a creerlo?
»¿De verdad crees que por defender a Salomón y a la familia Escalante te van a aceptar en su círculo? Déjame decirte algo: para Salomón solo eres un juego. Nadie aceptaría a una mujer divorciada y con un hijo, y menos una familia de la nobleza como los Escalante. ¡Deja de hacerte ilusiones!
Renata buscaba sembrar la confusión, sabiendo que la gente solo escucha lo que quiere oír.
Los reporteros, indignados, se volvieron contra Melibea.
—Señora, aunque quiera casarse con un Escalante, debería pensar primero en su hijo. ¿No le duele verlo herido de esa manera? ¿Tan desesperada está por entrar en esa familia?
—La señora Ortega tiene razón. Aunque ahora los defienda, es imposible que la acepten. No vaya a ser que la desechen y, además, se gane el resentimiento de su hijo. Cuando crezca, no querrá saber nada de usted.
Al oír tantos ataques contra su madre, a Renán se le oprimió el pecho.
—Los que no merecen ser humanos son ustedes. ¿Acaso tienen ganas de morir?
La voz de Salomón era gélida y provocaba escalofríos.
Él era el inmensamente poderoso Salomón, el hombre que podía decidir sobre la vida y la muerte en Encantia.
Instintivamente, los reporteros retrocedieron un paso.
—Si fuera una sola persona, tal vez Salomón podría arruinarle la carrera —dijo Renata, tratando de envalentonarlos—. Pero somos muchos. ¿Acaso puede acabar con toda la prensa?
—Lo que más abunda en este mundo es gente —replicó Salomón con frialdad—. ¿No sería mejor que se esforzaran por seguir viviendo? ¿O es que tienen que buscarse la muerte?

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