La presencia de Salomón era imponente; su aura intimidaba a cualquiera.
Los reporteros, que hasta hacía un momento no paraban de hablar, ahora guardaban un silencio sepulcral.
—¿Estás bien? —le preguntó Salomón a Melibea.
Ella asintió, pero no podía dejar de pensar en que el video ya se había difundido.
Aunque Salomón pudiera controlar a los presentes en ese momento, en cuanto se fueran, alguien, en busca de atención, seguramente publicaría falsedades. Y aunque lograra detenerlos, el video que ya circulaba causaría un daño irreparable a Salomón y a la familia Escalante.
Melibea había creído que podría evitarlo todo, pero al final había arrastrado a Salomón al fango.
—Se filtró un video malintencionado. Terminé involucrándote en esto.
—No te preocupes —dijo Salomón con ternura—. Ya vi el video. Quien haya logrado sacarlo de la mansión Escalante tiene sus méritos, pero no es nada que deba asustarnos. Tranquila.
Al ver la ternura con la que Salomón le hablaba a Melibea, Brando sintió que iba a estallar de la rabia.
¿Qué pretendía Melibea, mostrándose tan cercana a Salomón delante de tantos reporteros?
—¡Salomón! —gritó Brando, furioso—. No creas que porque puedes controlar a los que están aquí, puedes controlar a todo el país de Alborada. El video donde empujas a mi hijo ya se ha hecho público. Tendrás que darle una explicación a la gente, ¡y la familia Ortega te demandará hasta las últimas consecuencias!
—Si quieres demandar, adelante. El equipo de abogados de la familia Escalante ha estado bastante ocioso últimamente, pueden jugar un rato contigo.
Salomón no parecía alterado en lo más mínimo, como si el asunto no le afectara en absoluto.
Pero era evidente que esto ya estaba afectando las acciones del Grupo Escalante.
Con ese video y la acusación de Renán, era casi seguro que las acciones se desplomarían al día siguiente. ¿Cómo podía estar tan tranquilo?
—Renán, ¿a estas alturas todavía no vas a decir la verdad? —le espetó Melibea, furiosa.
El único que podía aclarar todo era Renán, y ella no quería que Salomón fuera acusado injustamente.
El ambiente era un campo de batalla; Brando y los demás habían montado un escándalo para destruirlo.
¿Y él simplemente llegaba y se iba con esa calma?
No mostraba ni una pizca de preocupación, como si lo que estaba ocurriendo no tuviera nada que ver con él, o ni siquiera lo considerara un problema. Hacía que el apasionado discurso de Brando de hacía un momento pareciera ridículo.
La arrogancia de Salomón era tal que ni siquiera consideraba a Brando un rival, y eso enfurecía a Brando enormemente.
—¡Salomón, no te pases de la raya!
En ese momento, los reporteros se abalanzaron sobre ellos.
—Señor Escalante, ya que está aquí, ¿no va a hacer ninguna declaración sobre este asunto?
—¿Acaso necesito hacerla? ¿No me han crucificado ya todos ustedes?

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