Renata soltó una tos muy oportuna, fingiendo una gran debilidad.
Claudia la miró con un profundo asco. Sabía que esa mujer no había venido a verla por amabilidad, sino para pedirle dinero.
Sin embargo, en ese momento, ellas eran su única esperanza, así que no podía permitirse ofenderlas.
Así que, conteniendo las náuseas, dijo:
—Mamá, seguro que han gastado mucho dinero moviendo hilos por mí, y tú no puedes dejar tu tratamiento. En la caja fuerte de mi habitación tengo muchas joyas, pueden venderlas. Valen al menos cien millones. No es mucho, pero úsenlo por ahora.
Al oír la cifra, a Renata le costó más disimular la sonrisa que a un payaso en un funeral.
Justamente estaba pensando en el contenido de esa caja fuerte. Al menos la chica era sensata.
Fingiendo modestia, Renata dijo:
—Pero esas son tus joyas favoritas, ¿cómo vamos a venderlas? No, no, de ninguna manera.
Claudia casi tuerce la boca de la rabia. Aquella mujer era mejor actriz que ella.
—Mamá, estamos en una situación excepcional. Si necesitamos el dinero, hay que usarlo. Si no salgo de aquí, esas cosas no me servirán de nada.
—Tienes razón, Claudia. Si no sales, todo eso no importa —cedió Renata—. No te preocupes, gastaremos lo que haga falta para sacarte de aquí cuanto antes. Así que tomaré las joyas por ahora. Cuando la familia Ortega vuelva a su antiguo esplendor, te prometo que te las compraremos de nuevo. ¿Cuál es la clave?
Claudia se quedó sin palabras. No había visto a nadie tan descarado en su vida.
Primero se negaba a aceptarlas y ahora pedía la clave con toda la prisa del mundo.
«¿Comprármelas de nuevo?», pensó con sorna. Nunca había oído que un lobo devolviera lo que se había tragado.


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