—Melibea, fuiste tú, ¿verdad? Seguro que tú arruinaste a nuestra familia. Eres tan malvada, ¿no estarás contenta hasta que nos veas destruidos?
Marcos se frotó los oídos. ¡Le dolían de tanto griterío!
—¡Oiga, señora! ¿A usted le falta un tornillo o qué? Acaban de decir que fueron su nuera Claudia y su hijo Brando quienes hipotecaron esta casa. Ahora que el Grupo Ortega está en bancarrota, es normal que se la quiten, ¿no? ¿Por qué le echa la culpa a Melibea? ¡No puede pasarse la vida haciéndose la víctima a costa de ella!
Al ver que Marcos defendía a Melibea, Renata se enfureció aún más.
—No sé qué problema tienen ustedes los hombres. Esa Melibea es una mujer que mi familia desechó, ¿y ustedes la tratan como si fuera una reina? ¿Están locos?
—Los locos son ustedes, que confundieron el oro con el latón. Ahora ni el cielo los soporta. La bancarrota es su castigo, ¿y todavía no se dan cuenta? ¡La próxima vez, el cielo no les quitará solo la casa, sino la vida!
Renata casi se desmaya al oír eso. Si su hijo no se hubiera divorciado de Melibea, quizás nada de esto habría pasado. Su familia no estaría en esta situación.
Todo era culpa de Melibea por haberse metido descaradamente con Salomón; si no, su familia no habría sufrido esta catástrofe.
—Melibea, ¿cómo te atreves a venir a regodearte? —gritó Renata, señalándola con rabia—. ¡Todo lo que le ha pasado a la familia Ortega es tu culpa, tuya y de Salomón!
—A tus ojos, cualquier cosa mala que le pase a la familia Ortega es mi culpa, y todo lo bueno es gracias a Claudia —respondió Melibea con frialdad—. Incluso ahora, no tienes ni una palabra de disculpa para mí, pero no me importa, porque no necesito tus disculpas. Tu situación actual es el castigo que te mereces.

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