—Mamá, no es mi intención hacerte enojar, es que no sé cómo manejar esta situación.
—Mañana es el quincuagésimo aniversario de su muerte y debemos celebrarlo a lo grande —dijo Petrona—.
»Llevamos mucho tiempo preparándolo todo. No hacerlo sería desperdiciar el esfuerzo de mucha gente.
—Pero, papá podría estar vivo, ¿de verdad vamos a celebrarlo a lo grande? —preguntó Blanca con cautela, sintiendo un nudo en el estómago.
Era realmente exasperante, a veces las tradiciones podían ser una carga.
Todo tenía que hacerse a la perfección, de lo contrario, la gente hablaría.
Los demás miembros de la familia los criticarían por no organizar el aniversario de su suegro, pero si resultaba que estaba vivo, ¿cómo se lo explicarían a los demás parientes? Tampoco lo habían visto en persona.
«Y si ese mocoso nos está tomando el pelo», pensaba Blanca, sentía que la cabeza le iba a estallar. Era demasiado difícil, realmente difícil.
—Aunque ese viejo esqueleto no esté muerto, para mí murió hace cincuenta años. Cincuenta años sin dar señales de vida, y ahora quiere volver de la tumba. Así que hay que hacerle una buena ceremonia, ¡para que se quede donde pertenece! —sentenció Petrona.
Melibea y Salomón intercambiaron una mirada. La verdad es que todos se sentían muy confundidos.
Sinceramente, que el esposo de Petrona, y abuelo de Salomón, no estuviera muerto, debería ser motivo de alegría. Pero ¿quién iba a imaginar que el hombre había fingido su muerte, se había casado con otra mujer y tenía hijos y nietos?
¿En qué quedaban entonces todas las décadas de entrega de Petrona?
Pero, por suerte, Petrona era una mujer con una visión clara de la vida. Y era de esperar; Petrona, la legendaria mujer que había guiado a la familia Escalante a través de épocas de guerra y agitación, no era alguien que se dejara vencer fácilmente.

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