—El que se entera tarde de las noticias y demuestra ser tan ineficaz, ¿de qué presume?
Marcos se enfureció. Era innegable que la capacidad de Salomón era superior a la suya.
Pero él también tenía sus puntos fuertes.
—En cuanto a capacidades, tú ganas, de acuerdo. Pero al menos yo tengo un cuerpo sano y fuerte. ¿Puedes darle la felicidad sentado en esa silla de ruedas?
Salomón miró hacia atrás y, como por arte de magia, aparecieron varios guardaespaldas que sujetaron a Marcos.
—Oye, ¿qué haces?
—Sáquenlo de aquí.
Marcos se quedó de piedra mientras se lo llevaban a rastras.
—¡Melibea, yo soy el que puede darte la felicidad! ¡Mi cuerpo es fuerte, puedo llevarte a vivir grandes aventuras!
Una vez que se llevaron a Marcos, Salomón miró a Melibea con evidente disgusto.
—Melibea, ¿tanto temes que la gente lo malinterprete?
Melibea tampoco se esperaba que unas simples palabras suyas hubieran causado tanto revuelo.
—No es que tema que la gente lo malinterprete, es solo que… esa es la verdad.
En ese momento, la expresión de Salomón se agrió aún más. ¿Acaso era porque estaba lisiado y Melibea pensaba que no podía darle la felicidad? ¿Debería levantarse y caminar un par de pasos para demostrárselo?
Justo cuando Salomón dudaba, Melibea de repente le agarró la mano.

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