—Una frase de agradecimiento de Salomón Escalante vale mucho más que los honorarios de cualquier médico.
La mirada de Salomón era penetrante. Melibea forzó una sonrisa. ¿Por qué era tan arrogante este hombre? ¿Acaso tenía cara de ser barata?
Melibea sonrió, decidiendo no buscarse más problemas.
—Para alguien como tú, decir gracias debe ser más doloroso que perder parte de tu fortuna. Pero la verdad es que ni tu agradecimiento ni tu dinero me interesan. Me voy.
En ese momento, la prioridad de Melibea era encontrar un trabajo. No solo tenía que mantenerse a sí misma, sino que del otro lado ya la estaban presionando por dinero.
—Que lo quieras o no, es asunto tuyo. Que te pague o no, es asunto mío.
Con una mirada fría, Salomón le dijo a su asistente, Eduardo: —Transfiérele un millón a su cuenta.
Eduardo obedeció al instante.
[Transferencia recibida por un millón.]
En ese momento, Melibea entendió por qué este asistente parlanchín podía trabajar para alguien como Salomón.
Era eficiente.
—¿No te parece suficiente? Puedo añadir más.
Melibea sonrió con calma. —Eres bastante generoso. En ese caso, no seré modesta.
Entonces, Melibea miró a Salomón, y su expresión se tornó seria de repente.
Salomón frunció el ceño. ¿Qué significaba esa mirada?
—El pago debe corresponder al servicio. Mis habilidades médicas quizás no valgan un millón, pero tus piernas definitivamente sí.
Los ojos de Salomón se oscurecieron. La última vez que se vieron, esta mujer también había dicho que quería tratar sus piernas.
Pero él sabía mejor que nadie si sus piernas tenían cura o no.
—¿Probar? ¿Acaso tu señor Escalante también sufre de micción frecuente e insuficiencia renal?
Una mirada fulminante de Salomón hizo que Eduardo deseara que se lo tragara la tierra.
Melibea esbozó una ligera sonrisa y luego se dirigió a Salomón. —No aceptaré tu dinero sin más. Déjame tratar tus piernas.
—No es necesario. Mis piernas no tienen cura.
La mirada de Salomón era fría y lánguida, pero ejercía una presión inmensa.
—¿Cómo sabes que no puedo si no lo intentas? ¿O es que te da miedo que te ponga agujas?
Melibea sostuvo la intensa mirada de Salomón. Eduardo susurró: —¿Estás loca? ¿Te atreves a hablarle así al señor Escalante?
—Para ti es el señor Escalante, pero para mí, es solo un paciente. Y un paciente muy desobediente, por cierto.

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