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Cazando al Infiel: ¡Lárgate, Traidor! romance Capítulo 70

El tono de Melibea era sereno, pero cada palabra tenía un peso innegable.

En ese momento, ella era la doctora y él, el paciente. ¿Por qué habría de tenerle miedo?

Salomón la miró fijamente. Sus miradas se cruzaron. No podía creer que alguien se atreviera a darle órdenes.

—Te dejaré intentarlo. Pero, ¿y si no logras curar mis piernas?

La mirada de Salomón se ensombreció. Melibea se quedó helada por un momento.

Después de todo, en medicina, ¿quién podía garantizar resultados?

—Puedes intentarlo, pero si mis piernas no se curan, tendrás que hacerte responsable del resto de mi vida.

¿Qué demonios?

¿Acaso planeaba culparla y demandarla por negligencia antes de siquiera empezar el tratamiento?

—¿Hacerme responsable del resto de su vida? Qué gracioso es usted. ¿Acaso este millón me quema en las manos? Mejor me voy.

Melibea se dio la vuelta y se marchó a toda prisa. No era tonta. Si el tratamiento fallaba, tendría que quedarse como su esclava de por vida.

Salomón observó su silueta alejarse, una leve sonrisa curvando sus labios.

Para pescar, no hay que tener prisa. Hay que dejar que el pez tire un poco del sedal, de lo contrario, no morderá el anzuelo.

En el apartamento de Melibea.

Su teléfono vibró con varios mensajes.

[Melibea, ¿estás loca? ¿Por qué te divorciaste de Brando?]

[Melibea, perdí dinero apostando. La gente del casino vino y destrozó la casa. Dicen que si no pago me cortarán las piernas. Mándame dinero ya.]

[Melibea, si no me das el dinero, ¡venderé a tu madre y a tu hermana a un burdel para que las usen miles de hombres!]

—Vaya, qué aguante tienes. Ni un solo grito después de un latigazo. Se nota que la piel se endurece con los años.

Las pupilas de Melibea se contrajeron. —¡Daniel, de verdad no eres humano!

—Correcto, no soy humano, soy una máquina de tragar dinero. Dame mucho, mucho dinero, y dejaré de molestar.

Melibea contuvo su ira. —¿Cuánto quieres?

—Dos millones.

—¿De dónde voy a sacar tanto dinero?

—Si no tienes dinero, no importa. Tu madre, aunque ya está vieja, todavía conserva su encanto. Se le puede sacar algo. Y tu hermana… a esos jefes les va a encantar.

Entonces, Melibea escuchó la voz de su madre.

—Meli, no te preocupes, tú no eres nuestra…

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