—Doctora Ortiz, si tiene alguna duda, no dude en decirla. —Don Fernando había recuperado la consciencia.
El alivio del dolor le había devuelto un poco de energía.
—Su estado físico es muy delicado; no es seguro que sobreviva a la mesa de operaciones —explicó Cecilia con franqueza.
Justo eso era lo que tenía a Teodoro dudando.
—Ceci tiene razón. Usted mismo conoce el estado de su cuerpo —añadió el anciano médico—.
—Operarlo conlleva un riesgo enorme.
—Si no lo operamos, tal vez viva un poco más, aunque el proceso sea un calvario.
Don Fernando ya había vivido suficiente.
Estaba seguro de que sus viejos compañeros en el más allá ya se estaban impacientando de tanto esperarlo.
De no ser por su preocupación por Roberto, hace tiempo que habría tirado la toalla y rechazado cualquier tratamiento.
Claro, eso de que «solo lo hacía por Roberto» era la versión oficial.
Si en el fondo también trataba de proteger a toda la familia Calvo, era un secreto que solo él conocía.
De todos modos, nadie podría culparlo si en verdad lo hacía por el resto de la familia.
Por muy inútiles que fueran, seguían siendo su propia sangre.
Roberto sería un completo ingenuo si creyera que su bisabuelo sufría únicamente por él.
—Lo voy a pensar —respondió Fernando, aún indeciso.
Cecilia le dedicó una última mirada y se mantuvo en silencio.
Al salir de la habitación, Teodoro llevó a Cecilia a otro consultorio y le mostró el expediente médico detallado de don Fernando.
—Hace rato estábamos contra reloj y no hubo oportunidad —le explicó—. Échale un ojo, estas son las radiografías de su cabeza.
—Además, aquí tienes el registro de su pulso y evolución clínica de todos estos años.
Cecilia no tomó los documentos.
—No creo que sea buena idea que vea esto. Un paciente con el rango de don Fernando debe tener un expediente clasificado.
Había algo más que Cecilia prefirió guardarse: aunque no viera los estudios, ya tenía una idea bastante clara de su diagnóstico.
De todas formas, no sería la cirujana principal, así que revisarlo ahora solo le traería problemas y rumores innecesarios.
Lo más sensato era esperar a que le confirmaran si iba a participar en la cirugía antes de meterse en eso.
—Las urgencias requieren medidas excepcionales —sonrió Teodoro—. Ya llamé a mis superiores para pedir autorización. Solo te lo muestro porque me dieron luz verde.



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