Confiaban en que, tarde o temprano, alguien más lograría implementar la medicina tradicional en medio de una operación.
Pero, por ahora, Cecilia era única en su clase, y tenían que cuidarla como un tesoro.
Las autoridades sí habían pensado en reclutarla oficialmente, pero la joven no solo brillaba en la medicina tradicional; en la medicina convencional era igual de extraordinaria.
Había rumores de que los altos mandos intentaron contactarla formalmente, pero alguien con mucho peso intervino para impedirlo.
Preferían que Cecilia desarrollara su potencial en total libertad.
A pesar de haber ganado la medalla de oro en la Olimpiada Internacional de Matemática, no escogió ninguna carrera relacionada con los números.
Y al entrar a medicina, en lugar de perfeccionar la medicina tradicional en la que ya era una experta, se decidió por la convencional.
La muchacha aprendía a la velocidad de la luz y siempre buscaba los caminos más difíciles.
Por eso, gran parte de su expediente estaba catalogado como alto secreto.
Incluso Teodoro carecía de la autorización necesaria para revisarlo.
Lo único que sabía era que, cuando presentó la solicitud a sus superiores, se la aprobaron en tiempo récord.
Una rapidez que lo dejó con la boca abierta.
Al enterarse de que Cecilia ya había estado en una cirugía similar, y nada menos que para la familia Carrasco, todo cobró sentido.
Los de arriba conocían perfectamente su historial; autorizarla era prácticamente como confiar en alguien de su propio equipo.
—Don Teodoro, usted todavía tiene mucha energía —dijo ella, sabiendo que para un experto, lo más doloroso era sentir el peso de los años.
Teodoro agitó la mano, restándole importancia.
—Tu maestro ya colgó los tenis, ¿y me vas a decir que no estoy viejo?
Cecilia se quedó sin palabras. Tampoco era necesario usar a su difunto mentor como parámetro para todo.
—Pues él solo se nos adelantó para ir abriendo brecha —bromeó ella—.
—Quién sabe, en una de esas hasta pone su consultorio en el más allá. ¡El día que le toque irse, podrá presumir que tiene contactos en el otro mundo!
Era raro escuchar a Cecilia hacer ese tipo de bromas, pero a Teodoro le provocó una carcajada sincera.
—¡Jajaja! Tienes toda la razón, muchacha. Entonces voy a vivir todo lo que pueda en este mundo antes de irme, total, ya tengo palanca allá abajo.
Cecilia sonrió, indicándole que esa era la actitud correcta.
Mientras platicaban, terminaron de repasar el cuadro clínico de don Fernando.

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