—La gente de aquel pueblito se portó a la altura conmigo. Ahora que lo pienso, ya pasaron muchos años; me gustaría echarme una vuelta para visitarlos.
Esteban se quedó callado.
Él, en sus peores momentos, tuvo que deshacerse de la mitad de su patrimonio para que lo dejaran en paz.
Y aun con eso, hubo encajosos que trataron de comerse todos los negocios de la familia Ortega.
Pero más vale prevenir que lamentar, y afortunadamente el señor había tomado sus precauciones.
Entregó lo que estaba a simple vista, pero cuando los tiempos mejoraron, el gobierno le devolvió una parte de lo incautado.
Como la familia Ortega siempre tuvo negocios muy variados, con lo que recuperaron y gracias a su arduo trabajo, Esteban no tardó en devolverle a su familia el estatus de antes.
Los Ortega tenían un don natural para el comercio; eso se llevaba en la sangre.
Hasta gente importante solía contar anécdotas admirando la astucia de su familia.
Cecilia se comió su desayuno bastante a gusto, sazonado con las anécdotas del pasado de aquellos dos señores.
Al terminar, Cecilia recogió sus cosas para volver a la universidad, mientras que los abuelos acordaron regresar al parque para continuar con su batalla.
Cecilia no tuvo más remedio que advertirle: —Oye, abuelo, nomás no se te vaya a olvidar comer, ¿eh?
El anciano agitó la mano restándole importancia. —Tú tranquila, no se me olvida.
Cecilia se fue manejando y primero pasó a estacionar su coche al departamento.
Se cambió de ropa y se dirigió a la facultad para asistir a clases.
Además, les había llevado algo de comida a las de su cuarto.
Llegó justo a la hora del almuerzo. En cuanto abrió los recipientes, el aroma era tan irresistible que a todas se les hizo agua la boca de inmediato.
—¡Órale! ¿Ahora qué delicia nos trajiste, Ceci?
Mireya acababa de entrar al cuarto y enseguida se le hizo agua la boca al oler la comida.
De por sí ya traía hambre; Cecilia le había mandado un mensaje avisándole que traía guisados y que solo necesitaba comprar arroz en la cafetería.
Así que Mireya solo se había servido una porción de arroz.
En ese momento, sentía tanta hambre que podría haberse comido una vaca entera.
A diferencia de Cecilia, ella sí había tenido clases toda la mañana.


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