Esta chica se llamaba Julieta, tenía la cara redondita y regordeta. A simple vista se notaba que le encantaba comer.
—Eso me temo que no se va a poder.
Mireya pensó en cuánto costaría la sazón de un gran chef. Si pedía poco, Ceci saldría perdiendo; si pedía mucho, lo más seguro es que esta chica la insultara a sus espaldas.
—¿De verdad no se puede? —Julieta hizo un gesto de súplica con las manos y puso una expresión lastimera—. ¡Se los ruego, solo quiero comprarles una porción pequeña!
Mireya miró a Cecilia. Ya no sabía qué hacer; con lo que le acababa de decir, le resultaba imposible negarse.
—Te puedo dar a probar, pero olvídalo de comprar una porción —dijo Cecilia.
Tomó un plato pequeño, seleccionó un par de trozos de carne y le hizo una seña a Julieta para que pasara a recogerlo.
Julieta entró, y ese aroma volvió a invadir sus sentidos.
—¿Puedo... puedo comérmelo aquí mismo? —preguntó Julieta, aspirando profundamente el delicioso olor.
—Te lo puedes llevar —respondió Cecilia, sorprendida.
—Sí, llévatelo, no vaya a ser que te lo comas y ya no te quieras ir —agregó Mireya.
Pensaba que, si el aroma había logrado atraer a Julieta, lo más probable era que, tras probar la comida, se aferrara a quedarse. O tal vez, mientras comía, se le antojaran los demás platillos.
Mireya recordó que su vida de ensueño actual dependía por completo de su compañera de cuarto; si había una persona más, le tocaría menos comida, ¡y no estaba dispuesta a permitirlo!
Julieta levantó la mano como si hiciera un juramento.
—No se preocupen, solo voy a probar un poco, les juro que no pediré más. Lo que pasa es que esta comida huele tan rico que, si me la llevo, mis otras compañeras van a llorar del antojo.
»Y si después vienen a pedirles más, ¿no pondríamos a Cecilia en un apuro?

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