Por casualidad, ella también lo había sorprendido esparciendo el rumor.
Julieta sabía que su palabra no tenía mucho peso, así que no había podido desmentirlo públicamente para ayudar a Cecilia.
Aun así, cuando sus compañeras hablaron del tema, les explicó lo que realmente había visto. Aunque no sabía si alguien le había hecho caso.
Sabrina tenía demasiados admiradores, lo que intimidaba un poco a Julieta. Una chica así, capaz de formar grupitos y tener tanta influencia en la universidad, a simple vista parecía muy difícil de tratar.
Además, resulta que el papá de la chica era el subdirector, alguien con verdadero poder en la escuela.
Y la mayoría de la gente pensaba que era imposible que Cecilia rechazara las atenciones de Sabrina.
Aunque a Cecilia se le consideraba una estudiante prodigio, eso no parecía gran cosa comparado con los contactos de Sabrina. Por eso, sonaba más lógico que fuera ella quien hubiera rechazado a Cecilia.
—Ah, te refieres al arrastrado ese —dijo Cecilia, pues tenía a Jorge muy presente.
—¿Arrastrado? —Julieta pensó en lo mucho que Jorge defendía a Sabrina, y admitió que el término le quedaba a la perfección.
—¡Sí, exactamente él!
»Y para colmo, sigue esparciendo el chisme de que te apareciste de metiche en la fiesta de Sabrina.
»Pero que, como no tenías invitación, te volvieron a rechazar.
»Y que Sabrina, para que no pasaras vergüenza, mintió diciendo que ella te había invitado.
»En pocas palabras, según él, eres una caprichosa que no se ubica, y que hasta amenazaste a Sabrina...
Como Julieta formaba parte de la sociedad de alumnos de la Facultad de Medicina, estaba en el centro de los chismes y era quien obtenía la información de primera mano.
Quienes no hubieran presenciado la escena en la cafetería bien podrían tragarse las mentiras de Jorge y pensar que Cecilia se había colado en la fiesta de Sabrina.
Pero Julieta, que lo había visto todo con sus propios ojos en la cafetería, sabía que ahí había gato encerrado.
—Muchas gracias, Julieta. Si no me lo hubieras contado, jamás habría imaginado que ese tal Jorge fuera tan bueno para inventar chismes.
Le había enseñado que para ser médico, primero había que tener un corazón compasivo, amor por los demás y, sobre todo, mucha tolerancia.
El motivo por el cual Sabrina había dejado correr los chismes antes era más que evidente.
Si la historia se repetía y el viejo se enteraba, le daría una reprimenda de aquellas. De solo pensar en lo estricto que era su abuelo, Sabrina sintió un escalofrío.
—Sabrina, a nadie le importa cuál sea la verdad —había respondido Jorge.
»Que Cecilia se haya atrevido a reclamarte frente a todos y a exigirte una disculpa es una tremenda falta de respeto.
»Solo quise darle una pequeña lección para que en el futuro no se crea tanto.
»Tú no te preocupes, estos chismes no le hacen daño a nadie.
»Incluso si va de chismosa con el coordinador, yo sabré qué decirle.

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