Por fin se daban cuenta de lo afilada que era la lengua de Cecilia.
—¡Yo nunca pensé eso! —se defendió Jorge de inmediato.
Cecilia no le creyó:
—Si no pensabas eso, ¿por qué tuviste que torcer los hechos?
—¿Acaso el hecho de que yo rechazara a Sabrina se convirtió en una humillación o en una falta de respeto hacia ella?
Cecilia miró a Sabrina.
—Sabrina, ¿tú qué opinas?
Sabrina temía justo eso, que Cecilia la metiera en la plática.
Cada vez que la mencionaba, nada bueno pasaba.
—Cecilia, no pienses mal, en ningún momento sentí que me faltaras al respeto —dijo Sabrina.
—Si ya tenías un compromiso y decidiste cumplirlo, eso solo demuestra que eres una persona de palabra.
—Yo solo me alegraría por ti, ¿cómo crees que me ofendería por eso?
Al ver la mala cara de Jorge, Sabrina añadió:
—Jorge solo lo hizo por mí. Cecilia, ¿podrías hacerme el favor de dejarlo pasar por esta vez?
—No lo hizo con mala intención.
Cecilia pensó que Sabrina sí que sabía endulzarle el oído a la gente.
Con ella rebajándose de esa manera para suplicarle, Jorge seguramente estaría dispuesto a dar la vida por ella al escucharla.
Y dicho y hecho, a Jorge se le llenaron los ojos de lágrimas por la emoción.
Y todavía se atrevió a defenderla:
—Sabrina, no le ruegues por mi culpa.
—Admito que actué mal en esto. Si Cecilia quiere llamar a la policía, yo...
A Jorge se le acabó la valentía.
Venía de una familia de clase media y, al andar de arrastrado con Sabrina, sabía perfectamente que no estaba a su altura.
Sabrina jamás lo elegiría.
Él no tenía influencias, así que, si Cecilia de verdad llamaba a la policía, Jorge no tenía idea de a qué se enfrentaría.
Cecilia había dicho que ya tenía experiencia metiendo gente a la cárcel. ¿Acaso de verdad lo iba a encerrar a él también?

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