Sin embargo, eso no tenía nada que ver con Jorge.
Si a ella le iba bien en sus estudios, no era imposible que en el futuro heredara a la familia Hernández.
Sabrina tenía nuevas esperanzas, así que le importaba aún menos lo que le pasara a Jorge.
Sin siquiera esperar a que Jorge terminara de hacer su berrinche de borracho, le colgó el teléfono.
Las cuatro compañeras del cuarto de Cecilia, junto con Martina Ruiz y Julieta, que siempre se colaba para comer con ellas, se fueron juntas a la cafetería.
Pidieron su comida temprano y, al terminar, se quedaron esperando a que Jorge llegara a disculparse.
Jorge se hizo pato un buen rato, hasta que la profesora Lea lo llamó y por fin se dignó a aparecer en la cafetería.
Tanto la profesora Lea como Yael, el tutor de Cecilia, ya estaban ahí.
Todos esperaban la disculpa de Jorge.
Él venía llegando desde fuera del campus.
Todavía apestaba a alcohol.
Al ver a su alumno en ese estado, Lea frunció el ceño.
Sentía una vergüenza tremenda; el muchacho era una completa decepción.
—¿Qué pasó? —preguntó alguien.
Julia y su grupo también habían ido a comer a la cafetería. Al toparse de casualidad con Cecilia y con el chavo que siempre andaba pegado a Sabrina, no aguantaron la curiosidad y se acercaron a preguntar.
—Alguien anduvo inventando chismes sobre mí, y ahora tiene que pedirme una disculpa pública aquí en la cafetería —explicó Cecilia sin dar muchos detalles.
Julia frunció el ceño; la verdad es que antes le caía muy mal Cecilia.
Pero eso fue porque creía, por error, que estaba intentando seducir a Jack.
Desde que se enteró de que Cecilia nunca hizo tal cosa, su opinión sobre ella había mejorado bastante.
Para Julia, Jack no solo era un chico brillante, sino que también venía de buena familia; que Cecilia lo hubiera rechazado demostraba que valía la pena tenerla como amiga.
¿Pero Cecilia?
¡Ella no tenía ni la más mínima intención de ser amiga de una niña fresa y caprichosa!
Qué flojera andar aguantando esos desplantes.
—¿Por qué es tan nefasto este tipo? —comentó Julia, que no soportaba a Jorge.
Julia despreciaba a Jorge.
Aunque ellas también querían llevarse bien con Sabrina, lo suyo era simple convivencia social, mientras que ese Jorge era un arrastrado de primera.
Wendy también pensaba que la palabra le quedaba como anillo al dedo a Julia.
—Ah, no, claro que no. Seguramente no le llevaste el desayuno ayer, ni lo estuviste acosando hoy después de clases para que jugara contigo, ¿verdad?
—Yo... —Julia se quedó sin palabras.
Porque, la verdad, sí había hecho todo eso.
Era una rogona empedernida pero no se daba cuenta; ella juraba que estaba «luchando por el amor».
—Ya, bájenle. Quiero escuchar la disculpa de Jorge —las interrumpió Cecilia, pidiendo silencio.
Les hizo una seña para que se callaran.
Luego volteó hacia donde estaba Jorge y su grupo.
—Oye, Jorge, ¿no habíamos quedado en que pedirías perdón con un megáfono? —preguntó Cecilia.
—¿No lo trajiste?
—Se me olvidó —respondió Jorge, poniéndose pálido.
Cecilia ni siquiera lo volteó a ver; se dirigió directo a la profesora Lea:
—Profesora Merino, ¿acaso Jorge no tiene intenciones de disculparse?

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