—Lo sé, papá, no soy tan tonta.
—Además, ¿por qué le tendría envidia?
—Será muy talentosa, pero yo tampoco me quedo atrás.
Sabrina habló con mucha seriedad.
Danilo suspiró aliviado.
—Qué bueno que pienses así.
La verdad es que Danilo tenía miedo de que su hija se dejara llevar por los celos.
Conocía perfectamente a su propia hija; ella destacaba, sí, pero dentro de lo normal.
Cecilia, en cambio, era otra historia. Era una auténtica genio.
Todo lo aprendía mucho más rápido que los demás, y desde muy pequeña había demostrado su talento tanto en la medicina tradicional como en la medicina convencional.
La familia Hernández tenía su propio legado, por supuesto, pero los ancestros del maestro de Cecilia habían sido médicos ilustres en la antigüedad.
¡Ellos también tenían un legado impresionante!
Y, por si fuera poco, su mentora en la medicina convencional era Paloma.
El nombre de Paloma resonaba en todo el país, y hasta del extranjero venían pacientes buscando ser operados por ella.
Con semejante respaldo, era evidente que su hija no podía compararse con ella.
Lo que a Danilo le asustaba era que, al verse superada, terminara apuntando más alto de lo que podía volar.
—Papá, al final de cuentas, Cecilia sigue siendo una simple estudiante. ¿No creen que la están endiosando un poco?
—La vez de mi fiesta, mi abuelo se la llevó a otro lado. ¿A qué se la llevó?
Si solo se trataba de ser su asistente, ¿no sería su propio padre alguien mucho más calificado?
O en todo caso, algún discípulo de su abuelo.
A Cecilia ni de chiste le tocaba ese lugar.
—Si tu abuelo se la llevó, sus motivos tendrá.
—¿A ti qué te importa?
A Sabrina no le hizo ninguna gracia esa respuesta.
Pero Danilo le ordenó que se concentrara en sus estudios y que dejara de estar metiendo las narices en los asuntos del anciano.
—El trabajo de tu abuelo es muy delicado, así que deja de estar obsesionándote con eso todo el tiempo.
—Y en cuanto a las amistades que tienes, debes aprender a distinguir cuántos están contigo por quién eres tú, y cuántos se te acercan solo por tu abuelo.
—No vayas a dejar que te engañen y termines metiendo a tu abuelo en problemas.
Al parecer, Charlotte no estaba al tanto de toda la historia, así que solo se dedicó a consolarla.
—No te lo tomes tan a pecho. Fueron otras personas las que inventaron el chisme, no fuiste tú.
—¿Acaso esa compañera fue de chismosa con tu papá?
El español de Charlotte era sumamente fluido.
Casi no se distinguía del acento de la gente de Mirasia.
—No, ella no le dijo nada, pero el asunto se hizo público en toda la escuela y mi papá cree que yo también tuve parte de la culpa.
Sabrina no mencionó cómo su padre había defendido a Cecilia a capa y espada, pero su expresión lo decía todo.
Charlotte siguió tratando de animarla.
—No te sientas mal. Seguramente tu papá solo se preocupa por ti, no lo hace con mala intención.
—Aunque me da mucha curiosidad saber qué tiene esa compañera de especial para que tu papá la tenga en un concepto tan alto.
Sabrina no sabía si Charlotte se había puesto a investigar sobre Cecilia, así que solo le respondió:
—Esa compañera es una genio.
—La facultad de medicina se la peleó a la de matemáticas, supongo que a mi papá le impresiona mucho la gente con tanto talento.

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