¿Cómo le había hecho para lavarle el cerebro a la muchacha de esa forma?
Si hasta el propio Fernando sentía lástima por Gabi.
Ya se podían imaginar la clase de basura de persona que era Marcelo.
El anciano dudó un momento al verla así.
Pero al final decidió que no sería justo arrastrar a la chica a la ruina familiar.
—Mi niña Gabi, si mi nieto fuera un buen hombre, yo sería el primero en pedirte que lo esperaras.
—Pero la verdad es que él no vale la pena. No tiene sentido de la responsabilidad. Es un cobarde que solo sabe huir en lugar de dar la cara y hablar con su familia. Sin mencionar que incluso aquí en el hospital ha hecho sus barbaridades. ¡Por favor, piénsalo con la cabeza fría!
Con todo lo que Fernando le había dicho, lo lógico sería que Gabi por fin abriera los ojos.
Sin embargo, ella mantenía su firme intención de esperar a que Marcelo recapacitara.
En ese preciso momento, una enfermera apareció corriendo afuera de la sala de cuidados intensivos.
—¡Tengo que ver al abuelo Fernando! ¡Soy la novia de Marcelo y estoy esperando un hijo suyo!
Gritó tan fuerte que Roberto ni siquiera tuvo tiempo de taparle la boca.
Por su parte, Cecilia no hizo el menor esfuerzo por detenerla.
Ella solo estaba ahí para disfrutar del chisme.
—¡Baja la voz! Que lo digas tú no significa nada, ¿cómo voy a saber que no es mentira? —la reprendió Roberto en voz baja, pero con un tono severo.
Roberto se irguió con firmeza.
En momentos como ese, la verdad es que sí imponía bastante autoridad.
Pero la enfermera no se dejó intimidar:
—¡De mentira nada! ¡Tengo pruebas y hasta una grabación donde Marcelo lo admite! Y si no me creen, en cuanto nazca el bebé podemos hacerle una prueba de paternidad.
La enfermera se había enterado, quién sabe por dónde, de que la prometida oficial de Marcelo estaba en el hospital.
Había llegado con toda la intención de hacer un escándalo para que los que estaban adentro la escucharan.
Justo cuando Roberto estaba a punto de ordenar a los guardias que la sacaran de ahí.
La mujer sacó un cúter y se lo puso peligrosamente en el cuello.
—¡No se muevan! ¡Exijo ver al abuelo Fernando! ¡Si no me dejan pasar, me mato aquí mismo y me llevo a la tumba al hijo de Marcelo!
Menuda amenaza...
Parecía una escena de telenovela, pero funcionó.



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