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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1848

Oriel Casas dejó escapar un largo suspiro. Su cuñado había cometido una infinidad de faltas, algunas más graves que otras, pero al menos no había cruzado la línea del asesinato. Dentro de todo, Oriel consideraba que la situación pudo haber sido peor.

—¡Claro, échate toda la culpa tú solo para protegerlo! —reclamó Milo.

El muchacho ya no sabía qué más decirle a su padre.

Oriel tenía la costumbre enfermiza de poner a Enrique en un pedestal.

Los vecinos siempre murmuraban a sus espaldas que el Tatuado parecía el primogénito de Oriel, mientras que Milo era como el hijo adoptivo al que nadie le prestaba atención.

Había días en los que Milo deseaba con todas sus fuerzas que su papá consiguiera una nueva esposa.

Pero siendo honestos, ¿qué mujer en su sano juicio soportaría estar con un hombre que ponía a su cuñado vago por encima de su propia familia?

Traer a una madrastra a esa casa sería condenarla al sufrimiento.

Al notar las canas que ya poblaban las sienes de su padre, Milo sintió un pinchazo de compasión.

—Papá, ya que te obligaron a retirarte, aprovecha para descansar.

—En cuanto me gradúe y empiece a trabajar, yo me haré cargo de los gastos.

Milo estudiaba en la academia de policía. Su sueño era seguir los pasos que su padre alguna vez honró.

Pero el sueldo de un policía novato no alcanzaría para mantener a toda la familia.

Oriel era plenamente consciente de eso.

—No te preocupes por mantenerme, muchacho. Aunque me retiro antes de tiempo, igual recibiré mi pensión.

—Voy a descansar un par de semanas y luego buscaré otro empleo.

—Estar todo el día en casa sin hacer nada no es para mí.

Pero el verdadero peso en la mente de Oriel no era su hijo, era su cuñado. Enrique todavía no se había casado. Si Oriel dejaba de trabajar, ¿qué iba a ser de esos dos?

Milo leyó la expresión de su padre al instante y su rostro se ensombreció.

—Papá, no me digas que sigues pensando en cómo solucionar la vida de mi tío. ¡Tiene más de treinta años! ¿Hasta cuándo vas a ser su niñera?

—Si tuviera un poco de decencia, no te habría arruinado la carrera.

—Si le sigues resolviendo la vida, jamás va a aprender.

Milo había escuchado de jóvenes que eran parásitos de sus padres, ¡pero nunca de un parásito que viviera a expensas de su cuñado!

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