—Entonces, ¿de dónde saldría ese chisme? —Isabella fingió incredulidad.
Marcela frunció el ceño.
—A lo mejor solo le dio un aventón a alguien. Es cierto que en la universidad hay maestros que se meten con las chavas, pero dudo muchísimo que el profesor Ortega sea uno de ellos.
Al ver tanta seguridad en su compañera, Isabella no pudo evitar sentir intriga.
—Tal vez tengas razón, pero... ¿por qué estás tan segura de que él no haría algo así? Al final de cuentas es un hombre de carne y hueso, ¿no? Sus necesidades debe de tener.
Valentín era el hombre en el que había puesto los ojos; obvio no quería que anduviera de novio con una niñita de la universidad.
Sin embargo, no sabía qué tan confiable era la información de Marcela, porque lo que ella acababa de presenciar no era ninguna ilusión óptica.
Para colmo, la chica que se subió al auto era la sensación del campus últimamente, por eso la reconoció de inmediato.
—Es que el profesor Ortega es como un monje de clausura, cero pasiones —explicó Marcela—. En los años que lleva aquí, la cantidad de alumnas y maestras que se le han declarado no me caben en las dos manos.
—Y a todas las ha bateado sin pensarlo. Dice que no le interesa salir con colegas y mucho menos con estudiantes.
En el fondo, Marcela lo admiraba bastante. Entre sus pretendientes había mujeres muy cotizadas.
Hubo incluso alumnas que, tras ser rechazadas, esperaron hasta titularse para volver a intentarlo. Pensaban que confesarse después de graduarse las eximiría de la regla de "estudiante", pero el profesor Ortega las volvió a rechazar igual.
—En resumen, es un tipo de principios inquebrantables, es alguien de otra liga, totalmente inalcanzable para la mayoría.
—Además, ¿ya viste la camioneta que trae? Es nuevecita, de este año.
—Seguro está podrido en dinero, cambia de coche cada año.
La verdad no era que a Valentín le encantara gastar en autos, simplemente en su familia sobraba el dinero.
Su familia se lo renovaba cada doce meses, ¿qué podía hacer él?
Y su coche actual era totalmente eléctrico, ideal para los trayectos diarios y ahorrar gasolina.
Valentín le dio un golpecito suave en la frente con los dedos.
—¿Qué tiene de malo que tu primo mayor te dé un aventón?
Cecilia soltó una risita.
—Ay, es que no quiero que andan diciendo que me ando ligando al bombón del campus.
En la universidad, muchísimas chicas consideraban a Valentín un dios griego.
—Pues no es como que hayas mantenido un perfil muy bajo últimamente —señaló Valentín, recordando el escándalo del platillo volador en la cafetería.
Aunque no lo presenció, sabía que seguramente era cierto.
La verdad es que no entendía por qué a su prima le daba por hacer eso. El simple pensamiento de dejar el piso de la cafetería lleno de grasa y manchas de comida le causaba repulsión.
Aunque admitía que vaciarle el caldo en la cabeza a alguien era un método infalible para hacerlo recapacitar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana