—¡Capitán, máteme!
Al ver que nadie actuaba, Caleb miró a Cristhian con una súplica desgarradora.
Ese debía ser el último hilo de lucidez que le quedaba.
¿Cómo iba a hacer Cristhian algo así?
—Caleb, no puedes rendirte ahora, ¿me escuchas?
—¿No me dijiste que tu hermana menor está a punto de presentar su examen de admisión?
—¿Acaso no quieres ver cómo entra a la universidad? ¿No quieres acompañarla a matricularse?
—¿No presumías de que ella era tan inteligente que la Universidad de Viento Claro sería pan comido para ella?
—Ceci estudia en esa universidad. Podrías pedirle que le eche un ojo cuando ingrese.
Cristhian seguía hablándole sobre su familia, tratando desesperadamente de reavivar su voluntad de vivir.
Al escuchar sobre su hermana, Caleb pareció recuperar un poco de claridad.
—Si... si no sobrevivo, le encargo mucho a mi hermana, capitán.
—Los ahorros que tengo le alcanzan para pagar sus estudios, pero me aterra lo que mis parientes puedan hacer...
Caleb y su hermana estaban solos en el mundo.
Sus padres habían fallecido hace años. Si él también moría, sabía que la gente de su pueblo intentaría aprovecharse de su hermana.
Especialmente la familia de su tío, quienes llevaban años codiciando su casa.
—¡Ya basta! ¡Cierra la boca de una vez y deja de hablar de morir! —Cristhian, viendo que sus ánimos no funcionaban, cambió de táctica radicalmente.
Años atrás, Cristhian había sido un joven rebelde en Viento Claro. ¡No tenía paciencia para andar consolando a nadie!
—Si te mueres de verdad, no moveré ni un dedo por tu hermana.
—Tú sabes bien lo atractivo que soy. Con esta cara, las mujeres no me dejan en paz. ¿Qué pasa si tu hermana se enamora de mí?
—Después de conocer a un hombre tan increíble como yo, ¿crees que algún día querrá casarse con otro?
Caleb se quedó sin palabras.
—¡Tenemos que darnos prisa! —La expresión de Cristhian era severa, pero no pudo ocultar un destello de tristeza en sus ojos.
Cecilia sabía que debían encontrar la Hierba del Ensueño rápido. El sufrimiento físico era lo de menos; lo verdaderamente preocupante era que el veneno pudiera dejarles secuelas neurológicas permanentes.
Olvídate de seguir en el Departamento de Seguridad Especial; incluso llevar una vida normal sería un desafío.
Eso era algo que Cristhian no podía permitir y que esos cuatro jóvenes no merecían sufrir.
Seguro querían continuar con sus carreras, o al menos, si eran dados de baja, ser hombres útiles para el país.
—Ya descansamos suficiente, hay que alcanzarlos.
Si Cecilia, que era una de las más débiles del grupo, proponía seguir, los demás no iban a oponerse.
Sara y José miraron a Cecilia con preocupación.
—Joven líder, ¿por qué no armamos una camilla improvisada y te cargamos?
—No es necesario, ustedes también están al límite. —Cecilia no quería arriesgarse a que, por cargarla, no pudieran defenderse en caso de un ataque repentino.

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