—Creo que de las dos formas te ves increíble. La verdad, cuando alguien es tan atractivo como tú, hasta un costal de papas se te vería bien y lo volverías moda.
Cecilia no era muy experta en lanzar cumplidos, ¡pero lo decía desde el fondo de su corazón!
Aunque Agustín no dijo ni una palabra, la ligera sonrisa que asomó en la comisura de sus labios dejaba clarísimo que el comentario le había fascinado.
—Pero todavía hace bastante frío. ¿No te vas a congelar con el cabello tan corto?
Cecilia lo miraba con cierta duda.
Por mucho que el corte le luciera espectacular, sentía que era un look más apropiado para el verano.
La sonrisa de Agustín tembló un poco. Claro que sentía frío en la nuca.
Pero esta vez no había ido con su peluquero de confianza, y solo Dios sabía qué demonios estaba pensando el estilista que lo atendió.
Un hombre del estatus de Agustín siempre tenía a su estilista personal, alguien en quien confiaba ciegamente.
Desafortunadamente, el pobre chico se había ido al extranjero a tomar un curso de actualización, así que no le quedó más remedio que improvisar con otro.
Y tampoco podía simplemente esperar a que regresara, porque el muchacho había encontrado el amor en su viaje y había decidido quedarse un tiempo extra.
Agustín se arriesgó con un nuevo estilo. No fue un desastre total, pero tampoco era exactamente lo que quería.
—No está tan mal —respondió. Jamás admitiría que se estaba congelando. Menos mal que pasaba casi todo el día en interiores, y con la calefacción ni se notaba.
—Ya crecerá de nuevo —añadió rápidamente.
Cecilia asintió, dándole la razón.
Dentro del auto, el clima estaba perfecto, así que no se sentía nada de frío.
Y conociendo a Agustín, jamás dejaría que el clima lo afectara. Se estaba preocupando por nada.
Al llegar al edificio de Cecilia, Agustín manejó directo hasta el estacionamiento subterráneo para acompañarla hasta su puerta.
Ella intentó disuadirlo.
—Deberías irte a descansar, puedo subir sola sin problemas.
Era solo subir en el ascensor, ¿qué peligro podía haber?
Pero Agustín no estaba dispuesto a bajar la guardia.
—Lo que pasó en Villa Solana no se hizo público, pero te aseguro que en Estrellonia ya están enterados de todo.
—Fracasaron intentando llevarte, y esa gente no acepta un 'no' por respuesta.
—Es mejor no confiarnos.
Mientras nadie se pasara de la raya, a ella no le importaba.
Sin embargo, lo verdaderamente extraño de esos dos hombres era que ni siquiera la voltearon a ver.
Ella era preciosa, y Agustín era alto, imponente y guapísimo. Una pareja así en un espacio tan pequeño siempre llamaba la atención.
¿Por qué los ignoraron por completo?
¿Acaso eran ciegos?
Obviamente no.
La única explicación lógica era que ya sabían perfectamente quiénes eran, y evitaron mirarlos precisamente para no levantar sospechas ni activar sus alarmas.
—¿Crees que eran peligrosos? —le preguntó Cecilia, preocupada.
El rostro de Agustín estaba ensombrecido.
Si él no hubiera insistido en acompañarla hasta la puerta hoy, quién sabe qué habría pasado.
—Tranquila, ya le pedí a tu equipo de seguridad que los investigue.
—Hace unos días, tu guardaespaldas me informó que han visto personas sospechosas rondando tu facultad. Aunque no estamos seguros de si van tras de ti, tenemos que estar preparados.

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