—Ceci, bajen rápido con Valentín. Ya estoy estacionado en la entrada de su edificio.
—Yo manejo, así que no saquen el auto —añadió Enzo para dejarlo claro.
Obedeciendo las instrucciones, ambos bajaron sin llaves. Al salir por el portón, se encontraron con Enzo apoyado en su auto de lujo. La imagen habría sido digna de una revista, si no fuera por el grupo de señoras del vecindario que lo tenían rodeado, hablándole todas al mismo tiempo.
A medida que Ceci se acercaba, alcanzó a escuchar a una de las vecinas:
—Ay, mijo, ¿de verdad no estás buscando novia? Mi sobrina acaba de terminar su maestría, es una abogada brillante. Siento que harían una pareja preciosa.
La señora escaneaba a Enzo de pies a cabeza, viéndolo como el sobrino político caído del cielo. Si su propia nieta no tuviera apenas dieciséis años, se lo habría apartado para ella. Pero la sobrina también era una buena opción, muy trabajadora y egresada de la Universidad de Viento Claro. Juntarla con un muchacho guapo, educado y con dinero sería simplemente el negocio del año.
—¡Uy, pero escúchame a mí! —interrumpió otra señora—. Tengo una hija que es directora en una multinacional. Quizás te saque unos dos añitos, pero es una mujer de éxito, gana seiscientos mil al año. ¿Por qué no intercambian números y se toman un cafecito?
Enzo apenas podía contener la risa. Estas señoras no perdían el tiempo.
Ganar esa cantidad no estaba nada mal, incluso en una ciudad como esa. Era natural que la madre estuviera tan orgullosa.
—Señora, su hija suena espectacular, de verdad que no creo estar a su altura —respondió Enzo, rechazándola con la mejor de sus sonrisas—. ¿Ve este auto tan caro? Pues no es mío, me lo patrocina mi familia.
En ese instante vio a Valentín y a Ceci acercándose por la acera y levantó la mano como si viera un salvavidas.
—¡Valentín, Ceci! ¡Acá estoy!
Al alzar la voz, el escuadrón de señoras giró la cabeza. Al ver a los recién llegados, sus ojos se iluminaron aún más.
—¡Virgen santa, pero qué buena genética tiene esta familia! —exclamó una.

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