Aunque en la estación de policía preferían resolver esos conflictos llegando a un acuerdo.
La opinión de los involucrados era clave.
Fabiana, que hasta hace un momento discutía con su hermana, reaccionó de golpe al escuchar la palabra cargos.
—No, no pueden presentar cargos. —Su reacción fue incluso más rápida que la de Adriana.
—Si no lo hacemos, ¿dejaremos que siga usando las mismas tácticas para arruinar a otros? —cuestionó Penélope con severidad.
Antes había sido la que más compasión sentía por Adriana; ahora era la que más deseaba ponerla tras las rejas.
—Lo siento, de verdad sé que me equivoqué —repetía Adriana, llorando y pidiendo perdón.
Luego miró a su hermana.
—¡Hermana, ayúdame!
—Si no me ayudas, ¿qué le vas a decir a papá y mamá cuando pregunten?
Desde niñas, sus padres siempre le habían enseñado a Fabiana a ceder ante su hermana menor, y ella se había acostumbrado.
Cada vez que Adriana se metía en problemas, usaba a sus padres para presionarla.
Ellos siempre decían:
Eeres la mayor, debes ser comprensiva con tu hermanita.
Te aprovechaste de ella cuando estaban en el vientre; asegúrate de protegerla siempre.
Ella es la menor, dale eso a ella primero.
Si tratas bien a tu hermana ahora, ella te tratará bien en el futuro.
Fabiana, ¿cómo puedes ser tan egoísta?
¡Si no ayudas a tu hermana ahora, ella no te ayudará cuando lo necesites!
Eres más capaz que ella, dale una mano.
...
Había escuchado esas palabras demasiadas veces.
Por su hermana, ya había renunciado al único hombre que realmente la había amado. ¿Acaso no era suficiente?
Quería negarse, pero esas voces resonaban en su cabeza como una maldición.
Fabiana sacudió la cabeza con fuerza.
—Enzo, ¿podrías ayudarme una última vez?
Fabiana volvió a sujetar la manga de Enzo.
Cecilia notó que su hermano tenía una especie de reflejo condicionado ante ese gesto.
Cada vez que esa mujer le tiraba de la manga, él cedía.

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