»Piensa en quién te crio.
»No pretendo chantajearte. Sé que si Ivana y yo no hubiéramos cometido aquel error, tal vez nunca te habrían cambiado. Pero viviste dieciocho años con la familia Ortiz, y nosotros te criamos. Si la empresa quiebra, no sé cómo vamos a salir de esta. Incluso si no sientes apego por nosotros, ¿qué hay de mi madre? La abuela te adora, ha sido muy buena contigo. ¿De verdad vas a dejar sola a mi mamá cuando más nos necesita?
Cecilia no esperaba que Arturo usara a Paloma Ruiz como pretexto.
—La abuela Paloma es mucho más fuerte de lo que usted cree —respondió—. Ha vivido sola todos estos años y solo ve a la familia en los días festivos, y se las ha arreglado perfectamente.
Arturo volvió a quedarse mudo. ¿Cómo podía decirle algo así?
Lo hacía sonar como si a su madre le diera igual si él vivía o moría.
—Además, no tiene por qué llegar a los extremos de quitarse la vida —continuó Cecilia—. Si primero hipoteca las propiedades de la familia en el banco, seguro se quita un peso de encima. Señor Ortiz, estoy segura de que es un hombre muy capaz. Ha hecho crecer la empresa todos estos años, seguro podrá superar este bache.
«¿Quién dijo que la única salida es el suicidio? ¿De qué serviría eso? Solo dejaría un desastre en casa. Vaya cobardía», pensó ella.
—Yo también espero salir de esta —dijo Arturo con un semblante oscuro.
No se imaginaba que ella lo rechazaría con tanta facilidad.
La postura de Cecilia era inamovible. ¡Incluso se atrevió a sugerirle que hipotecara su propio patrimonio!
«Los niños crecen, y ya no es tan fácil manipularlos», concluyó.
—Échele ganas, señor. Sé que puede hacerlo.
Después de darle ánimos vacíos, Cecilia se dispuso a irse. Esta vez, Arturo ni siquiera intentó retenerla.
Se quedó viéndola marcharse. Lleno de rabia y sin saber cómo desahogarse, le soltó una patada a una maceta cercana.
La maceta ni se inmutó, pero Arturo hizo una mueca de dolor.
Menos mal que nadie lo vio, porque habría muerto de la vergüenza.

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