Resulta que Cecilia, al haber sido intercambiada, era la verdadera víctima inocente de todo.
¿Acaso los celos y el rencor de Delfina hacia ella no perdían todo fundamento?
—¿A qué te refieres? —preguntó Cecilia. Había adivinado lo que quería saber, pero fingió ignorancia.
Delfina pateó el suelo, frustrada:
—¿Tú ya sabías que no soy hija de mi papá, verdad?
—Ah. ¿Y qué si lo sabía? —respondió Cecilia con cara de que le importaba un comino.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —Delfina sentía que ya no podía ni levantar la mirada frente a ella.
—¿Y de qué habría servido? Ni siquiera tenía pruebas, era solo una sospecha.
Cecilia no entendía qué pasaba por la cabeza de Delfina.
—No somos cercanas, no tenemos confianza. No tenía por qué contarte nada.
—¿Acaso solo estabas esperando para burlarte de mí?
Esperar a que todos descubrieran que era producto de una infidelidad para que la corrieran de la familia Ortiz.
Aunque ahora se había ido por su propio pie, en el fondo no era diferente a que la hubieran echado a la calle.
—¿De qué me iba a burlar? —A Cecilia le parecía que la actitud actual de Delfina ya era bastante ridícula.
—Incluso si tú hubieras sabido que no eras su hija biológica, ¿habrías dejado a los Ortiz por tu cuenta?
»Para ti, la familia Ortiz fue como sacarte la lotería de la noche a la mañana.
»Tu mamá sabía perfectamente que no eras una Ortiz, y aun así dejó que Arturo te reconociera como hija, ¿no?
»Cuando hay dinero de por medio, la gente hace cualquier cosa.
Cecilia hablaba con total naturalidad, pero para los oídos de Delfina, sus palabras destilaban sarcasmo.
—No lo hice por el dinero, solo quería el calor de un hogar —intentó justificarse.
Cecilia levantó la mano para interrumpirla:

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