Pero, ¿acaso su consciencia valía lo mismo que la vida de su propia hija? Su madre ya le había acomodado una regañiza de aquellas.
Ya no sabía ni qué hacer.
De entrada, ella jamás iba a aceptar. Si su tío terminaba convenciéndo a su papá, ella no dudaría en rogarle a su mamá que se divorciara. ¡Se iría con su mamá!
Y en cuanto entrara a la universidad, se llevaría a su madre a vivir con ella. Estarían juntas las dos solas.
Su hermano menor, por su parte, que se quedara con quien le diera la gana.
—Tranquila, no te angusties. Si tu mamá ya dijo que no, tus tíos la van a tener muy difícil para obligarlos a ceder.
»Además, se les está olvidando un pequeño detalle: hay alguien en la familia que por ningún motivo permitirá que utilicen a las mujeres Ortiz como moneda de cambio para salvar el negocio.
Cecilia trató de que Josefina abriera los ojos.
—¿Quién? —Josefina no logró conectar los puntos al instante.
—La abuela Paloma —aclaró Cecilia.
Josefina se dio un golpe en la frente:
—¡Ay, qué bruta! ¿Cómo se me pudo olvidar mi abuela?
»¡Ahorita mismo voy a buscarla!
Doña Paloma llevaba una vida muy tranquila y relajada en su casa de campo, por lo que la repentina visita de Josefina la tomó un poco por sorpresa.
Hacía días que había visto en las noticias que la empresa Ortiz se encontraba con el agua al cuello.
Pero como la señora Paloma nunca se había entrometido en los negocios de la familia, consideró que no era su lugar meter las manos ahora.
Para ella, el dinero iba y venía. Con su pensión de retiro le sobraba para vivir y, además, tenía sus buenos ahorros.
Si el negocio familiar realmente llegaba a quebrar y las familias de Arturo y Thiago se quedaban en la calle, ella bien podría acomodarlos en alguna propiedad.
Mientras tuvieran un techo, manos y piernas sanas, no habría motivo para no poder sobrevivir.
Tenía que admitirse que doña Paloma tenía una visión muy práctica de la vida.
Pero Josefina sabía armar muy bien su teatrito. Apenas se bajó del coche, corrió hacia Paloma con lágrimas en los ojos.
—¡Abuela! ¡Ay, abuela, por fin te encuentro!
»¡Tienes que ponerlos en su lugar, por favor! Si no pones a raya a tus dos hijos, ¡van a terminar vendiéndome por unos cuantos billetes!

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