Ramiro se quedó sin saber qué responder.
Tenía que admitir que era cierto: Delfina no estaba a la altura de Cecilia. Y precisamente por eso le gustaba; la falta de capacidad de la chica le permitía disfrutar de su devoción y sentirse siempre como el protector. Con Cecilia siempre se sentía menos, a pesar de ser mayor que ella; su brillantez terminaba opacándolo.
—Vaya, entonces sí te gusta de verdad esa muchacha —se burló Iván al ver el silencio de su hijo.
No era que a Ramiro le gustara tanto Delfina, sino que no quería resignarse a cancelar sus planes y empezar de cero con citas a ciegas.
—Papá, si mostramos debilidad justo ahora, lo más probable es que los Peralta ni siquiera quieran voltear a vernos.
—Eso no lo decides tú.
Iván le dio la espalda a su hijo rodando los ojos y caminó hacia la habitación principal para encargarle a su esposa que se pusiera en contacto con Victoria, la madre de Daniela Peralta.
—¿También quieres intentar acercarte a los Peralta? —preguntó Blanca, sumamente sorprendida.
—¿También? —Esa palabra le generó un presentimiento terrible—. ¿Quién más los buscó?
—Ivana —respondió Blanca soltando un nombre que ambos conocían a la perfección.
Iván arrugó el ceño.
—¿A Héctor le gusta Daniela, o fue idea de Ivana?
—Ve tú a saber, pero hace poco andaba de intensa con Victoria —le explicó su esposa—. Al principio, Victoria le siguió el juego por educación, pero después dejó de contestarle. Sin embargo, ella la buscaba porque necesitaba una esposa para su hijo, ¡el nuestro ya está comprometido con la hija de los Ortiz! ¿Para qué quieres que me acerque a ella? A menos que...
No me digan que quieren cancelar su compromiso con los Ortiz y casarse con nosotros para sacar provecho y salvar su proyecto en la zona oeste, pensó Victoria.
Si ese era el caso, le parecía el colmo del descaro. ¿De verdad creían que los Peralta eran tan ingenuos como para dejar que cualquiera se llevara a su heredera?
Cuando Blanca, sin disimulo, le preguntó si Daniela tenía novio y qué tipo de hombre estaba buscando, Victoria finalmente la frenó en seco.
—Mi Daniela es muy terca y rebelde —soltó la mujer mientras barajaba las cartas—. Le gustan los chicos menores que ella, de cara bonita y tiernos; siempre dice que no hay nada como un hombre joven y cariñoso al que pueda manejar. No entiendo de dónde sacan esas ideas tan infantiles hoy en día. Además, dice que su nueva familia no puede ser de clase baja, porque se niega a tener que mantener a un muerto de hambre. Y cuando se case, quiere seguir viviendo con nosotros; el yerno no estará obligado a mudarse aquí, pero el primer bebé que tengan llevará el apellido Peralta a como dé lugar. Y sobre tener un segundo hijo, dependerá enteramente de su humor.
Hasta Jimena se quedó con la boca abierta:
—¡Híjole, amiga! Con esas exigencias, ningún hombre común y corriente le va a llegar al precio.

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