Pol sacó un puñado de hierbas al azar de uno de los cajones traseros y se las mostró.
—A ver, chécale. ¿Qué tipo de plantas son estas y para qué enfermedad sirve esta mezcla?
Cecilia se acercó, le bastó con dar un vistazo rápido para nombrar varias de las hierbas, y al final preguntó:
—Esto es para la rinitis, ¿verdad?
Fabio volteó a ver a Pol, buscando confirmación.
Pol tenía cara de asombro. ¡La muchacha sí que sabía de lo que hablaba! No solo identificó cada planta, sino que también conocía sus propiedades. Teniendo ese talento, no era de extrañar que atinara con lo de la rinitis.
El señor quedó aún más encantado con ella.
—Tienes buen ojo, muchacho —felicitó a Fabio.
Fabio suspiró con resignación:
—¿De verdad sigue sin creerme que no es mi novia?
Pol, en cambio, sintió que Fabio se estaba haciendo del rogar. ¿Acaso no era perfecto que en un futuro, como marido y mujer, uno se dedicara a la herbolaria y el otro a la medicina convencional?
—No te hagas el chistosito, cabrón. Si dejas ir a este partidazo, te vas a arrepentir toda la vida.
Fabio se quedó mudo. Era como hablar con la pared.
—¡Piense lo que quiera!
Decidió dejar de dar explicaciones. Sentía que entre más hablaba, más la cagaba.
Solo le quedaba esperar que Cecilia no se hubiera ofendido, así que volteó a disculparse con ella.
Cecilia se lo tomó con calma:
—No pasa nada, entiendo.
—Vamos al patio de atrás —dijo Fabio, aliviado.
—Va. —Cecilia lo siguió a la parte trasera de la botica.
Abel estaba secando plantas al sol. Con el calor que hacía, estar moviendo todo eso era un trabajo agotador.
—Papá... —Al ver la espalda encorvada y delgada de su padre, a Fabio se le hizo un nudo en la garganta.
Abel se tensó de inmediato. No esperaba que su hijo volviera, y mucho menos que le hablara. En realidad, llevaban mucho tiempo sin cruzar palabra.
Cecilia era muy lista, le bastó ver la cara del señor para cachar la confusión.
—¿Colegas? —Abel estaba aún más confundido.
¿Cómo iba a traer a una simple colega a la casa, y sobre todo a una que practicaba la herbolaria?
Para que Fabio aceptara que esos métodos funcionaban, tendría que resucitar a su difunta esposa.
Ambos eran tercos como mulas, por eso llevaban años sin hablarse.
Él no sabía si a su hijo ya se le había bajado el coraje.
—Me platicaron que usted se dedica a esto, así que quise venir a aprender un poco —añadió Cecilia.
Abel esbozó una sonrisa amarga:
—No soy ningún experto, muchacha. No hay mucho que yo te pueda enseñar.
—¿Cómo cree? —Cecilia le hizo una seña a Fabio para que la dejara a solas con él.
Fabio entendió y soltó la excusa de que iría a la cocina a pedir que prepararan más comida.

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