—¿Se refiere a Agustín Sandoval?
Cecilia no se esperaba que Arturo tuviera el descaro de involucrar a Agustín en sus problemas.
Para empezar, la base de operaciones de Agustín estaba en Viento Claro. Incluso si tuviera intenciones de expandirse a Villa Solana, eso no significaba que le interesara ese proyecto en la zona poniente.
Ese proyecto había pasado de ser la joya de la corona a convertirse en una bomba de tiempo. Con todo lo que le había pasado al Grupo Ortiz y luego el accidente de Héctor, la gente decía que ese terreno estaba salado.
Algunos opinaban que las personas detrás de ese negocio jugaban demasiado sucio, por lo que meterse ahí era una estupidez. Otros, en cambio, eran más fatalistas. Creían que el lugar traía pura mala suerte; de lo contrario, ¿cómo se explicaba que alguien hubiera muerto antes de que la familia Ortiz iniciara las obras? Por si la muerte en el desalojo no fuera suficiente, el propio hijo de la familia Ortiz había sufrido un accidente de carro yendo hacia allá.
El rumor era que esa zona antes era un panteón y que el terreno ya traía mala fama. Cualquiera que intentara construir a la fuerza, terminaría pagando las consecuencias. Había un grupo de personas encargadas de esparcir ese chisme por todos lados, logrando que los empresarios más supersticiosos se lo creyeran por completo.
Por eso, aunque Arturo estuviera dispuesto a rematar el proyecto para salvar el pellejo, le resultaba casi imposible encontrar un comprador. Estaba desesperado. Tanto, que ya quería meter al Grupo Novaterra de Viento Claro en su embrollo.
Pero el Grupo Novaterra no era una empresa a la que pudiera manipular a su antojo. En el mundo de los negocios, nadie era una mansa paloma.
—Así es. ¿Acaso Agustín no conoce a tu abuela? —insistió—. Pídele a tu abuela que nos eche la mano, toda nuestra familia se lo agradecerá eternamente.
Cecilia se armó de paciencia.
—Señor Ortiz, ¿y de qué le sirve a mi abuela su eterno agradecimiento?
—¡Tú...! —Arturo jamás pensó que, por más que le rogara, Cecilia se negaría en redondo. Su expresión se ensombreció—. Cecilia, alguna vez fuimos una familia. ¿De verdad te vas a quedar de brazos cruzados viendo cómo la familia Ortiz se va a la quiebra?
En el ámbito empresarial, Arturo siempre había mantenido la fachada de esposo ejemplar y hombre intachable. Sin embargo, en cuanto se descubriera que Perla era su amante, toda esa imagen se iría al diablo. Con ese escándalo, no podría volver a dárselas de víctima moral. La opinión pública se pondría en su contra de inmediato.
Efectivamente, al escuchar que Cecilia había demandado a Perla, Arturo se quedó pálido.
—Ah, y gracias por recordármelo. Mejor llamo a la policía para que la arresten de una vez, no vaya a ser que se escape y luego no sepamos dónde encontrarla —añadió Cecilia.
El rostro de Arturo se descompuso. No es que sintiera pena por Perla, ya que sus sentimientos por ella eran casi nulos; lo único que le aterraba era que salieran a la luz sus propios trapos sucios.
—Ceci, podemos resolver esto entre nosotros. Si estás buscando a Perla, seguro es porque quieres una compensación. ¿Qué necesidad hay de hacer un circo en los tribunales?

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