Quería frenarla, pero primero Cecilia tendría que darle por su lado.
Ella, por su parte, esbozó una ligera sonrisa:
—Pues yo creo que llevarlo a los tribunales es una excelente idea. Así, todos se enterarán de que no soy una malagradecida, sino que fue la familia Ortiz la que me arruinó la vida. A final de cuentas, es cierto que ustedes me criaron, así que dejémoslo en que estamos a mano. De otro modo, me temo que muy pronto saldrá en todos los medios que soy la heredera de La Belle Cuisine. Y en lugar de dejar que me arrastren al lodo, prefiero ser yo quien dé el primer paso. ¿No le parece?
Arturo jamás se imaginó que Cecilia fuera tan implacable. Su intención era deslindarse por completo de la familia Ortiz, de modo que si ellos terminaban en la calle y ahogados en deudas, ella se lavaría las manos sin problema. Al final, ella también era una víctima en todo ese enredo.
—Ceci, te prometo que nunca más te echaré en cara lo de tu crianza. Ya pasaron muchos años, y crecer con la familia Ortiz no fue algo del todo malo para ti. Dejemos las cosas por la paz, ¿te parece?
Arturo no se estaba doblegando por defender a Perla, sino para salvarse a sí mismo.
—No, no me parece. —Esta vez, Cecilia no iba a ceder ante las palabras de Arturo. Ya le había dado suficientes oportunidades.
—Señor Ortiz, en realidad esto no tiene mucho que ver con usted, así que no hay necesidad de que intente detenerme. Además, ¿de verdad cree que Perla lo ama? No sea tan ingenuo.
Cecilia lo miró con burla.
Arturo no entendía a qué se refería.
—¿Qué es lo que sabes?
—Pues por lo que tengo entendido, si su empresa se fue a pique tan rápido, fue en gran parte gracias a ella —respondió Cecilia—. Usted cree que a su edad ella sigue enamoradísima de usted, pero la verdad es que lo único que quiere es hundirlo. Incluso lo que pasó con el muertito en el desalojo; si el escándalo estalló tan rápido, fue porque ella se encargó de esparcirlo. Usted solito se trajo a una víbora rencorosa a dormir a su cama.
Él consideraba que siempre había tratado bien a su asistente. Antonio era un muchacho joven, capaz, y Arturo le había dado la oportunidad de ascender. Alguien así podría haber llegado a ser la mano derecha de su hijo en el futuro. Arturo lo había mantenido cerca y, de cierta manera, le había enseñado todo lo que sabía del negocio.
—Pues porque era alumno de Perla —le aclaró Cecilia—. Él venía de una familia muy humilde, al grado de que ni siquiera tenía para comer, y ella fue quien lo apoyó económicamente. El muchacho nunca olvidó ese favor. Así que, cuando se enteró de que usted era el desgraciado que le había arruinado la vida a su benefactora, ¿cree de verdad que le iba a guardar lealtad a usted?
Esas palabras fueron una bofetada a la cara de Arturo. La cruda realidad que se negaba a aceptar había quedado al descubierto de la forma más brutal.
¿Y Arturo? En ese instante, tenía unas ganas inmensas de llamar a la policía para que entabaran una denuncia contra Antonio también. ¡Robar información confidencial de la empresa era un delito federal!
—Ah, y otra cosa, parece ser que a Antonio le gustaba mucho su "maestra" —remató Cecilia.

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