El motivo que dio era muy simple: le indignaba la injusticia y no soportaba que Arturo usara su dinero para abusar de su maestra. Su maestra lo había ayudado mucho y quería vengarla.
De hecho, Perla no tuvo nada que ver en este asunto.
Además, tras ser detenida, ella misma llamó a Delfina para pedirle perdón.
Al escuchar a Perla llorar desconsoladamente, Delfina accedió a firmar una carta de perdón.
Esta idiota incluso buscó a Cecilia por este motivo.
—Cecilia, sé que odias que nos hayan intercambiado, pero al menos tuviste una buena vida con la familia Ortiz.
—¿No podrías retirar los cargos, considerando que viniste a disfrutar de lujos, y dejar en paz a mi madrina por lo de los bebés?
Cecilia casi lloraba de la frustración ante la estupidez de Delfina.
—¿Por qué habría de retirar los cargos? —Cecilia la fulminó con la mirada—. ¿Acaso no piensas? ¿Cómo puedes hablar sin usar el cerebro?
—¿O lo dices porque tú también saliste ganando y por eso no quieres que se haga justicia?
Las palabras de Cecilia fueron muy directas.
Delfina se quedó estupefacta:
—¿Cómo que salí ganando? Tú bien sabes la vida que llevé en el pueblo.
—Comparada contigo, que eras la princesa de la familia Ortiz, ¿qué hay de mí? Tenía que hacerme de comer todos los días...
Delfina empezó a quejarse amargamente.
Pero Cecilia no sintió ni una gota de compasión:
—Eso es porque te encanta el drama, te gusta llamar la atención y eres muy terca.
—La abuela le pidió claramente a Wilma que nos ayudara con la comida, pero tú insistías en cocinar.
—¿Creías que eso era ser independiente?
—No, para nosotros eso era una verdadera pendejada.
—Delfina, ponte la mano en el corazón: ¿de verdad viviste tan mal en el pueblo?

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